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jueves, 11 de septiembre de 2014

En el último trago.

Acaba de entrar Chavela Vargas en la habitación; con sus gafas de sol tapando los ojos de paloma negra, su pelo recogido, y su poca altura disimulada en un rebozo rojo con motivos geométricos negros y bláncos. Sí, se que esta muerta, pero aquí abrieron la puerta y era la bendita señora con la presencia de una tormenta local, sin áura ni lucecitas. Persona-persona.



"¿Que estás haciendo caraja? ¿No te diluiste ya bastante de tanto esperar? Espabílate mijo, que te vas al matadero".

Y tal como entró se fue.

domingo, 25 de marzo de 2012

La invasión del absurdo.


Ante ese inmenso patio de luces, la mirada de un ser humano cualquiera se pierde entre las nubes y sus formas. La vista, a pesar de lo feo de las fachadas interiores de una urbe no especialmente rica, le conmueve, le atrae de forma irremediable.

De la poca luz que ilumina su cara, una parte le devuelve, sobre el cristal de la ventana, una versión apagada de sí mismo. Sus ojos, su boca, su mirada, reflejan un gesto absurdo, algo macabro quizás. El ser humano se ve a sí mismo en una mueca difuminada, donde sonrisa y lástima se mezclan completamente.

- Es tan agotador estar triste. - Le dice. Él ni se inmuta, sigue mirando al cielo y a su reflejo, fundidos en alguna parte de su retina. Cree que se escucha a sí mismo. - Perder las ganas, la fuerza. No poder. No intentar. Arrastrarlo todo contigo, como un río de lodo.

Se hace un silencio largo. Las nubes empiezan a abrirse por detrás de uno de los tejados. Pero ya anochece.

- ... Estar feliz también es agotador. Porque es una tarea imposible, una lucha a muerte. El tiempo, la actividad, y en algún momento siempre aparece el dolor, el propio o el ajeno, porque la felicidad viene de lo ajeno, y es lo ajeno quien te lo arrebata. Y uno se empeña, lo intenta, y allí está, con sus endorfinas, cuestionándose lo absurdo de la infelicidad y cayendo de nuevo en un pozo ya nada absurdo al paso siguiente. Pero después escala ese pozo, y vuelve, y se va y vuelve. Logra felicidades momentáneas, porque la felicidad debe ser así. ¿Quién no sabe eso? El que está extenuado por pura tristeza, quizás. Pero el resultado también es agotamiento. Quizá más.

Una gaviota atraviesa el patio, y se posa sobre una chimenea. Dibuja una silueta extraña, justo en medio del reflejo, de la cara, de la voz, de las nubes y de la luz crepuscular. Chilla.

- ... Claro que después están las rutinas. Ni feliz, ni infeliz. Ocupado, entretenido, pero anestesiado. Es preciso estar muy ocupado para evitar la tristeza, y eso también es agotador.  Porque cuando paras, comienzas a pensar, y cualquier pensamiento deja a la rutina inerme, y la ridiculiza. Y ridiculizar la integridad humana es agotador, casi delictivo. Vivir en una rutina que evite esto, también es agotador.

Como salido de un ensueño repentino, el ser humano mira a su alrededor, tratando de comprender de donde viene esa voz que creía el hilo de sus pensamientos.

- ... Y al final todo es agotador, ¿a caso no es eso envejecer? ¿No es irse cansando cada día un poco más pronto de la vida, extenuarse? No hay mucho más que enteder, cada uno que elija cómo, porque el resultado siempre será cansancio, aunque todo lo que haya detrás sea absolutamente distinto. Después, tarde o temprano el agotamiento traerá el dolor. ¿Sabes que es el dolor? El dolor es una respuesta fisiológica, del cuerpo. Es el resultado de un daño. Pero de un daño físico. A cualquier ser humano le cuesta creer eso, cuando los retortijones de cerebro le sacuden día sí día también. Dolor de alma, dolor psicológico, dolor emocional, llámenle como quieran.  Crear heridas invisibles que agotan a uno mucho antes de tiempo, y lo envejecen a marchas forzadas. Cadáveres andantes mentales, cadaveres sin emoción, cuerpos psicológicos, quizás. Cualquier otro animal lo entiende mejor, sin daño, sin herida, sin enfermedad, no hay dolor.

- ¿Quién eres? ¿Donde estás? - Pregunta el ser humano sin acabar de comprender.

- (...) - Se oye una respiración agitada, un suspiro.

- ¿Qué quieres?

Nervioso, devuelve la mirada al cristal, a esa mueca reflejada de absurdo contenido. Ya es denoche, la imagen casi está desvanecida. Al fondo del patio, se encienden las luces deu n par de ventana. Se marcan los contrastes, el reflejo desaparece. Se enciende la luz, y así el absurdo.

domingo, 14 de agosto de 2011

La Edad del Plomo.


 Marucha es un cliché andante de la falta de atractivo. No solo eso, sino que como cliché llega a los más altos extremos. Físicamente poco agraciada y de vida aburrida, le es difícil saber por dónde empezar a narrar sus desavenencias. Cincuentona, gorda y con hiperhidrosis; no tiene la pobre muchas luces, pero si las suficientes para ser reflexiva en cuanto a minar su autoestima. Es alegre, por supuesto, y ligeramente extrovertida, pero no lo suficiente. Está irremediablemente soltera, desde siempre. Por ahí hubo algún novio, pero dios nos libre de que se atara a esos seres.

Lleva exactamente veintiséis años trabajando en un supermercado, debajo mismo de su piso, toda una comodidad. Nunca recibe visitas, pues ya despacha sus conversaciones entre compra y compra en la caja. Y no, no vive con gatos, ahí rompe el cliché una serie de desafortunadas alergias que van de los ácaros al chocolate, pasando por el pelo de los animales. Aun sin chocolate cayó en la diabetes, pero se controla bien. Lleva colonia de bebés, también desde tiempos inmemorables, paradojas aparte.

Lee el Hola y el Diez Minutos; le aburren soberanamente. Le aburre prácticamente todo. La televisión, que ve unas cuatro horas al día.  Duerme diez horas, aunque la cama también le produce hastío, a no ser que sueñe, cosa que cada año que pasa hace menos. Otras ocho horas se le van en el supermercado. Así suman veintidós. Entre las comidas y la ducha de por la mañana, se le va otra hora. Veintitrés.

A Marucha, todos los días, le sobra una hora. Dicho de otro modo, Marucha podría vivir una hora al día. Es la hora donde a veces piensa y se destruye la autoestima. Suele acompañarla de un café y las vistas urbanas de la ventana de la cocina. Clin, clin, clin, clin... la cucharilla como único sonido. Es el momento en que se ve sola y se da cuenta de su edad. Clin, clin, clin, clin. A Marucha la palabra edad le parece de metal, y cada año que pasa es de un metal más pesado. Creyéndolo ingenio, le sale una mueca de risa neurótica pensando en su ‘’Edad del Hierro’’ o su ‘’Edad del Bronce’’. Prácticamente iguales en acontecimientos, sin embargo el peso no es el mismo. Como el suyo.

Marucha no se reprocha mucho, no tiene manías ni es excesivamente criticona o maruja. Se permite, eso sí, quejarse de que nunca le pasa nada, como si algún día llegara esta reclamación a la providencia, que todavía no sabe que una cincuentona de noventa y seis kilogramos existe en algún lugar del mundo. Su nombre entrará cualquier día en un diccionario de sinónimos acompañando a doña Rutina. Ese chiste mismo le hizo a Braulio, el carnicero del súper.

‘’Marucha, para que te pase algo tienes que salir a la calle mujer. ’’

Como hace sol, Marucha hace caso al carnicero, decidiendo que su hora del día la dedicará a pasear, aunque luego note en falta el café. No espera que le ocurra algo, ni mucho menos. Pero se decide, como si fuera una suerte de pequeña aventura. Por chinchar a la rutina.

Para la hora de su paseo ya está nublado, e incluso chispea. Marucha suspira, pero como no gusta de cambiar sus decisiones, se decide a salir. Piensa en Braulio y en darle las gracias por la novedad de su semana, la gripe que va tener mañana. Se jacta de su propio ingenio. Camina, camina, camina. Se le pega el pelo a la frente y la camiseta al cuerpo. Eso la hace consciente de las extrañas dobleces que sigue la línea de su cuerpo.  No es muy favorecedor. Las calles están casi vacías. En el exacto momento en que se pregunta cómo le va a suceder algo con ese panorama, comienza a darle patadas a una bola de papel. Le parece divertido, se olvida del café, de la palabra edad y de su clan, clan, clan, clan metálico.

Tras unas patadas a su improvisada pelota, se fija que está azulada. Qué maravilla, tinta. Abre curiosa el papel, sabiendo que será una lista de la compra, por eso de la ironía. Al principio hay un par de palabra ilegibles. Luego prosigue.

‘’... querida desconocida. Yo también soy un desconocido. Sería curioso dejar de serlo. Por detrás está mi dirección. ’’

No se lee entero el nombre de la calle, emborronado, pero lo deduce. Calcula la distancia, que no es mucha. Mira de nuevo al papel. Le parece raro. Le invade una sensación que desconoce, pero en ningún momento se plantea ir. Marucha vuelve a casa empapada, y se va a la ducha. El papel, sin embargo, se lo lleva a casa, queriendo o sin querer, contenta de tener algo curioso que contar mañana en el súper.

Al día siguiente, Marucha vuelve a casa de trabajar. En algún momento se encuentra la nota. Al final no se acordó de contárselo a nadie. Sin saberlo ya había decidido, ¿iba a ir a ‘’la cita’’? Hasta es posible que la providencia se acordara de la gorda cincuentona. Sí, dedicaría su hora de vivir a vivir. La idea le asustaba y excitaba, planteándose qué incluso se podría saltar las cuatro horas de la tele, ya puestos. Solo por curiosidad, por ver quién dejaba caer esas excentricidades por la calle. Aun pasando por el mal trago de tener que espantarlo, porque nadie en su sano juicio soñaría con que la desconocida  de ese soñador fuese Marucha.

Cogiéndola desprevenida, una ligera llovizna vuelve a acompañarla por el camino, pero finalmente Marucha se planta en el portal. Abre la nota de nuevo, 5ºB. Se lo piensa un segundo y timbra. Tardan en contestar. Piensa, por un momento, que ya la han visto por la ventana y se estarían haciendo los suecos, o riéndose de ella. No tarda en darse la vuelta para huir cuando, no cabría duda, hablan por el altavoz del portero automático. ‘’ ¿Sí?’’. Marucha se queda quieta, pero no piensa responder. Ya decidió marcharse. No se mueve. Espera. La voz suena de nuevo. ‘’Eres mi desconocida, ¿no?’’ Es una voz hermosa. Madura. De buena persona, se atreve a pensar Marucha, sintiendo un extraño vértigo que la atrae hacia el portal.

A penas le quedan quince minutos de su hora de vivir. Un joven se acerca a su silla, y le pone el café que acaba de pedir. Marucha mira por la cristalera al paisaje urbano. Abre el sobre del azúcar, y lo derrama entero dentro de la taza, tomándola con la diabetes. A pesar de todo, ahora se siente algo viva por romper la rutina. Toma la cucharilla. ‘’Clan, clan, clan, clan’’ le responde. Como en la Edad del Plomo, Marucha se hunde con el peso de sus años.

martes, 19 de julio de 2011

Efecto halo (-cinógeno).


''Vivir en una burbuja implica estarse muy, muy quieto. Aún siendo así, el miedo a romperla es inherente e insoportable. ''



Ocurre una cosa. A veces resulta que te gusta algo, mucho. Es algo que, por una determinada razón, no está a tu alcance, al menos inmediato. Sin embargo está lo suficientemente a mano para recordarte que te encanta. Como si no te acordaras ya lo suficiente de ello.

Evidentemente eso hace que te guste, si cabe, más.

Cuando llega el momento de contacto, todo está bien (pudiera estar mejor, lo sabes).

El problema de que te guste algo mucho, algo efímero, distante, alejado, cíclico, pero todavía no platónico, es que lo demás se vuelve insípido. Y el sin sabor del día a día resalta incluso más lo idealizado de lo primero.

Los ciclos o los rompes, o te explotan en la cara.

''Plop. – Respondió la burbuja''


lunes, 18 de julio de 2011

Azul, blanco, rojo.

Esa noche los muebles se retiraron a las habitaciones, y las paredes del salón, viejo pero amplio, se recubrieron con sábanas blancas, tras las que se colocaron algunas luces, blancas y azules. Como única decoración, un pequeño robot de latón colgado de la bombilla del techo, roja.

‘’Fiesta Crystal Castles. De 1 a.m. hasta que se acabe la música. ’’ Ni una palabra más.

A la 1 a.m. el salón está abarrotado. Casi todos se acercan en pequeños grupos, pero entre el volumen y el ambiente la gente acaba dispersa en un estado enérgico-amnésico de melopea mental-musical. Él, nuestro protagonista, al que llamaremos Anónimo, entra ligeramente borracho y moderadamente tímido en el piso a la 1:13 a.m. Pasa, pasa, por ahí. ¿Por ahí? Sí, sigue la música. Vale. Por fin, entra a través de la cortina que cubre la puerta del salón. La timidez de Anónimo se dispersa con Untrust Us y al sonar Empathy se deja ir. Su mente entra en blanco, en azul y en rojo, y se mueve con cada uno de estos colores. Movimiento y roces.

Hace mucho calor y las sábanas condensan cualquier intento de corriente. Anónimo todavía tarda unas cuantas canciones en darse cuenta.  Casi todos sudan, bailan. Por un segundo vuelve a pensar, se da cuenta de que su cuerpo arde, rozando lo febril. Exactamente en el momento que empieza Suffocation y se abandona a un vaivén enfermizo. Tiene la lengua de trapo, pegada al paladar, seco. Alguien, qué más da quien, le ofrece un vaso y bebe. Y baila. Y bebe. Todos lo hacen. Y bebe el baile. Todos arden. Todos lo hacen.

Se siente vivo y muerto al mismo tiempo, unido al mundo y completamente a parte de este, volando en una nube indefinible que parece que nunca vaya a acabar. La música se apaga, alguna luz también, se escuchan de nuevo, fugazmente, algunas voces y portazos, pasos y finalmente ecos. Oídos en stand by. Fin.

Tiempo después llega el silencio a la consciencia de Anónimo, al que todavía acompaña el eco de Violent Dreams, y que vive un estado de vigilia semicomatoso desde Suffocation.  El mundo real retorna poco a poco a sus neuronas. Qué hora será, piensa, asqueándose al notar el sabor de su respiración en la boca. Sentado, observa su alrededor, sorprendido de estar el solo en aquella habitación tan extraña, tan vacía; blanca, azul y un poco roja.

Trata de incorporarse, haciéndolo con un dolor vago, general. No hay nadie, pero siente una extraña necesidad de salir de allí de inmediato. Quizás está volviendo la timidez. No, es algo malo, mucho peor, se dice.

Desorientado, se levanta tambaleándose; la cabeza le da vueltas. Ve como las firmas y palabras que la gente escribió sobre las sábanas dan vueltas y se emborronan. No me falles cabeza. Sujetándose en una de las telas, vuelve a lo que parece la normalidad; trata de localizar la salida, que no termina de ver.
Otro mareo. Prueba a tantear a través de las sábanas, dando continuamente con la pared. El sudor frío atrapa el flequillo en su frente y cientos de pequeñas moscas invaden la periferia de su visión. Otro puto mareo, me tengo que sentar, se dice en alto. A duras penas se deja caer, y se queda mirando al techo, viendo vagamente el destello rojo de la bombilla. Su respiración se vuelve el centro del universo.

Pasa un tiempo, indefinidamente eterno. Suficiente para preocuparlo. Empieza a ver de nuevo, del centro a la periferia. Distingue la tenue bombilla roja. Pestañea. Ve al robot. Pestañea. Ve al robot colgado de la lámpara. Pestañea, dándose cuenta de que ni se había fijado en él. ¡Parece que este ahorcado joder! Ve al robot sonriendo. Pestañea. Ve al robot sonriendo más. Pestañea y se sacude la cabeza. Ve al robot, que no sonríe, con su boca cuadrada. Aprieta bien los ojos a la vez que un  escalofrío le sube por la espalda; lo espabila y se levanta de nuevo. Se tambalea. Se acerca a las sábanas y vuelve a tocar pared, y pared, y pared. De vez en cuando siente la necesidad de mirar detrás de él. Cree que algo no va bien.

Tantea las sábanas largo rato sin éxito, empezando a pensar que ya ha dado un par de vueltas a la misma habitación. Empieza a sudar de nuevo, se angustia. La tela se aparta, por fin. Mira hacia atrás, y nota que el robot ya no está enganchado en la bombilla. Se asusta y corre antes  de mirar hacia adelante, y choca con la pared. Anónimo cae.

Tirado en el suelo palpa de nuevo el punto donde chocó. La salida, susurra. Se vuelve de golpe hacia la bombilla, y ve de nuevo al robot colgando, con su cara inerte. Relájate cabeza. Relaja. Se sienta y aprieta los muslos con las manos, tratando de respirar hondo. Inspira. La luz azul ilumina su cara, completamente empapada en sudor. Anónimo tiembla febril y a penas se da cuenta. Empieza a relajarse. Los parpados se acompasan con los pulmones, y pesan.

Suena, sin previo aviso, I’m made of Chalk. Anónimo se asusta y se marea. Pierde la consciencia. Sueña que está en esa misma habitación, que el robot le sonríe, a pesar de que trate de pestañear con todas su fuerzas. Intenta salir, mira para atrás y el robot no está en el techo. Corre y choca contra la pared. Taquicardia. No ve nada, pero nota que algo se le acerca. Le duelen los ojos. Le arden, todos es blanco, azul y rojo. Despierta sobresaltado, la canción sigue sonando.  Blanco, azul y rojo.

Anónimo trata de levantarse, pero no tiene fuerzas. Mira al robot con verdadera certeza de que algo va a ocurrir. Alcanza un rotulador permanente que hay tirado a su lado. Escribe en el suelo. ‘’Es el robot. Los ojos. ‘’ Mira a las dos pequeñas bombillas que tiene por ojos. Rojos. Pestañea y lo ve sonriendo como antes. Mantiene la mirada, sin pestañear. Definitivamente está sonriendo. Pestañea de nuevo, sigue sonriendo. La canción termina.

Se escucha ruido de llaves, a lo lejos. También se oyen unas voces. Alguien entra. Dos personas. Anónimo intenta decir algo, pero tiene la boca pastosa, y en vez de palabras una gran náusea le recorre la garganta. ‘’Estoy muerto. ’’ Escucha a lo lejos. Después pasos, ruidos, grifos, puertas, pasos, puertas de nuevo, y silencio. Anónimo vuelve la vista al robot. Se apagan las luces.

Al medio día, retiran las sábanas de las paredes del salón, que van directas al contenedor. Alguno de los encargados de devolver el orden al piso lee con fastidio las palabras en el suelo. Extrañado, mira a la lámpara y descuelga al robot, tirándolo dentro de una caja, con su cara inerte y su boca cuadrada.

lunes, 30 de mayo de 2011

Anestesia para productos cárnicos.

 










Añade tu propia dosis de tiopental, aumental el halotano.
Respira isoflurano.
Pregunta una y otra vez, ¿que tal?
responderemos para el que escucha en vano.

Me acerco asustado a esa gran altura y se me encoje el pecho,
es el alma, que se esconde
una vez más (de otras tantas)

que la vida sigue
que ya eres hombre
que si te callas, te atas, te muerdes o te comes.

Qué más da, si todo es carne, es pan de ayer,  ''fame d'antonte.''

sábado, 14 de mayo de 2011

El degradador de prismas.


La relatividad es un gran concepto, que puede resultar tan relativamente odioso como agradable.
Probablemente me precipite por una vez, al decir que nunca me he enfadado realmente. Quiero decir, supongo que he tenido la suerte de que nunca, nadie, me ha hecho nada lo suficientemente grave a mí mismo, en primera persona, que me haya hecho enfadarme con ese sujeto, cortar la relación, mandarlo a la mierda o cualquiera de estas cosas que oigo una y otra vez en la vida diaria de desconocidos y conocidos (Estos últimos esperando a veces que vaya más allá de la empatía, y que experimente exactamente lo mismo que ellos)

A veces me pregunto si es que vivo en una nube, y no me entero de lo que la gente me pudiera estar haciendo porque... por simple estadística ya me debería haber tocado.

Tampoco digo que sea un insensible, y que no haya cosas que me molesten, que no tenga ideales y creencias que puedan ser dañadas, o que no sienta repugna hacia ciertos actos cotidianos y no tan cotidianos.

Me pueden molestar muchas cosas, en mayor o menos medida: Los pensamientos retrógrados, la cabezonería generalista que en realidad no va a ningún lado, la crítica no constructiva que alimenta las relaciones que tan rápido unen como separan a la gente, la vagancia extrema, la pereza enfermiza, la falta de curiosidad, las faltas de respeto, que las hay de muchas formas: El que no se respeta a sí mismo, el que no respeta a su cuerpo o su salud, el que no respeta a los otros, el que no respeta al sexo opuesto, la raza distinta, el país del al lado o el de la otra punta. No me gusta el que no respeta lo más mínimo a la vida. No me gusta el intransigente, el conformista, el pesimista perezoso que ya da todo por perdido antes de empezar. No me gusta la mentira, aunque tampoco me gusta la verdad mal utilizada. No me gusta que a le gente no le gusten cosas que ellos mismos no ven en sí mismos.

Es posible, por no decir totalmente cierto, que por tanto no me guste a mi mismo. Está claro que la persona con quien más veces me he enfadado realmente (y que recuerde la única) es conmigo mismo. Sin embargo no es una cuestión de autominar mi autoestima, sino de construirla.

Y mientras uno se construye va tomando decisiones, va adquiriendo creencias y va sumando lo que le molesta y lo que no a su lista. También tiene que aprender a restar, que es más difícil, y por ello mucha gente mayor parece que le molestase todo. A otros ya les molesta todo demasiado pronto.

Sin embargo, aun con tanta posible molestia, me gustan muchas más cosas, me compensan muchas más virtudes del mundo, e incluso, de las personas. Porque todos somos algo, tenemos algo, de todos aprendemos y con cualquiera uno puede crecer. Está claro que unos tienen más virtudes, otros tienen menos pero más altas, y otros van tirando con lo que hay. 

Si algo he aprendido en estos últimos años es que, por muy diferente que otro parezca de uno mismo, no es razón para rehuir de esa persona. Con más razón, mas nuevos matices vas a descubrir.

Entonces hago balance... y me pregunto ¿Cuánta gente he conocido? ¿Cuánta gente he llegado a conocer? ¿Cuánta gente me ha llegado a conocer? ¿A cuanta gente he llegado a ser cercano? ¿Cuánta gente ha llegado a ser cercana a mi?

Y lo más importante, ¿Cuánta de esa gente ha perdurado en el tiempo con la misma, o al menos, con similar cercanía a la que se pudo lograr?

La respuesta es desconcertante. Y hay otra pregunta... De tantos que he ido perdiendo, de los que me he alejado, ¿Con cuantos me he enfadado?

Con ninguno. ¿Entonces? ¿Qué?

Si bien es cierto que muchas amistades, a nivel más superficial, surgen como una necesidad, como fruto de un contexto, un ambiente, y, el salir de ese ambiente, el tiempo, la distancia, las va borrando..., otras, por su profundidad, deberían mantenerse. Porque seguir conociendo es un arte, un placer. Porque uno quiere seguir creciendo. Porque ser uno implica necesitar a otro y porque construir un vinculo es una forma de crear, y crear es la mayor virtud del ser humano, la mejor sensación que puede experimentar.

Entonces,  ¿por qué se va destruyendo? ¿Realmente me estoy convenciendo de que no me he enfadado? ¿Es así más facil?

Quizás simplemente no existe el enfado, sino la decepción, el desinterés. El viento que empuja arenas en los ojos y poco a poco borra las huellas del suelo, esas marcas que antes veías tan claras, tan firmes, y que habrías jurado, seguirías hasta el final, como quien sigue la estela de un arcoíris en busca de su inicio, para topar un tesoro.

No es necesario ser muy mayor para saber que los arcoíris no tienen comienzo. Otros, sin embargo, por muy mayores que sean, todavía no han averiguado que el tesoro está en su búsqueda, en el camino, y que lo grave no es que desaparezca el caldero de oro, sino que pare de llover, que se oculte el sol.


viernes, 31 de diciembre de 2010

Dos años de realidad y soñadores...

Verás otra vez como sale del metro, otra vez con esa falda verde y su chaqueta de colores; tan larga, que parezca un vano intento de devolverle un arcoíris a los grises muros que hoy hay por árboles en la jungla de la humanidad. Y te darás cuenta,  como nadie lo ha hecho todavía, que hoy es un poco menos colorida, más sucia, más gris que ayer.

La escucharás cantar, dándole vida a tu corazón con su voz, demasiado aguda para ser hermosa, pero tan única y distinta que te hace temblar, como si estuviese hecha para ti. También rasgada, quizás por el humo del tabaco y las vivencias, que empiezan a cargarla de un dramatismo que no intentas sentir, porque a veces la realidad es demasiado dura.

Olerás su perfume, uno que sabes, no sale de ningún frasco. Ni grande ni pequeño, su frasco es el mundo. Y dudando si es tu olfato o su esencia, notarás como esta empieza a desvanecerse en comparación con los tiempos pasados. Ni tan fuerte, ni tan fresca.

Tocarás su mano mientras le dejas una moneda. Y se te revolverán los sentidos una vez más, pero no con la misma adrenalina, ni con tantas mariposas en el estómago como ayer, por no hablar de antes de ayer, o de hace diez años. Quizás sus manos empiecen a estar arrugadas.

En tu mente querrás besarla, pero el sabor de sus labios se difuminará en unos sueños cada vez más lejanos.

Y llegará un día, en que sus ropas, ya grises, su voz, rota, su perfume, disperso, sus manos, quebradas y sus labios, invisibles, arrancarán una lágrima, que caerá con la que crees, será su última moneda.

Levantará su mirada, y con su voz aguda, su color y su perfume, oirás salir de sus labios:

-          Tú serás feliz.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Cuando la pupila se convirtió en memoria

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Aunque soy amante de la palabra, no soy nadie para negarlo.


El ojo recoge cada dia cientos de miles de millones de imágenes
que sería absurdo tratar de transformar en un simple número de palabras.

Figúrense entonces, si una sola palabra puede hacer teblar nuestros instintos
si una imagen puede sobrecogernos hasta marearnos


¿Qué ocurriría si expresásemos la fuerza de todas nuestras palabras, la emoción de todo lo que hemos visto, en un solo acto?

Suena como algo imposible, ¿eh?

Imposible significa nada si se trata de ciertas miradas.