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sábado, 31 de diciembre de 2011

El séptimo sello.




``Mira. Los veo. Sobre ellos sigue el cielo tormentoso. Suben juntos el monte. Van el herrero y Lisa, el caballero y Raval, y Juan y Jonás. La muerte severa los invita a danzar. Van cogidos de las manos haciendo una larga cadena. Y empieza la danza. Delante va la misma muerte, con su guadaña, y su reloj de arena. El último es Jonás, lleva su laúd y camina de espaldas. Ya marchan todos, hacia la oscuridad, en una extraña danza. Ya marchan huyendo del amanecer, mientras la lluvia lava sus rostros, surcados por la sal de las lágrimas. ’’

En la danza de la muerte bailan todos bajo la tormenta. La tormenta es la vida. Y allí van: El artesano padre e hijo del trabajo, germen y fruto de nada, pues muere a la par que el último esfuerzo. La desapegada y lujuriosa, o la que se creyó libre, según se mire, que tanto amó en vano. El caballero y su aventura, sus caminos sin fin, su hogar en su mente y sus amantes en su cuerpo, que ya nadie sabe donde quedan. El noble guerrero, el luchador de guerras de otros, el que busca el sentido, la pregunta, la respuesta, el martirio de saber para que ha sido todo esto, y que lo único que se lleva consigo es la cruda incerteza. La otra mujer, la resignada, la que espera, la que sufre por otros y no entiende que significa la libertad, o el yo; la que pide ser beatificada por una vida de sacrificios, que en fin, quien lo va a recordar.

Y a la cola de la vida, o al inicio, quien lo sabe, va el juglar. El que ameniza los pasos con sus notas irrisorias, sus baladas tristes, sus versos incompletos y su danza. El mensajero del más directo de los artes, el que maneja la música, el que hace vibrar cual guitarra el hilo de nuestra delicada vida, aun cuando esta se vuelve fría, dura y gris, porque los años... ¿Los años? Porque nuestras elecciones así nos hacen. El que todo en vano o no, supo darle la espalda a la muerte.

De la muerte siempre miramos la guadaña cuando dejamos de sentir el peso de su reloj de arena. Unos más, otros menos, nos ahogamos en los carpe diem, en ambiciones carroñeras, en platonicismos que nos ahogan, en un altruismo infinito, gratuito. Nos aferramos a los sentidos, a la libertad y a la esperanza. ¿Para qué?
Sabemos que llega el día, y como llega se va, en que todo se encoge dentro de nosotros. No, aún no es la muerte, pero podría serlo. Empizo a creer que esto ocurre cuando su reloj de arena da una vuelta más. Nos encogemos, nos enfríamos. Todo nos pesa. El estómago verdaderamente se da la vuelta y todo tiene el temblor de una leve náusea. Nos pesa la vida, a veces. Seamos jóvenes o viejos, no es un derecho. Es algo que es. Ya está. Nos carcomen las lágrimas, si es que aun nos pueden salir. Y nos reducimos poco a poco a la búsqueda del comienzo. Nos duele la vida.

Viviría en posición fetal hasta volver a nacer.

La experiencia ayuda, pero poco. Nos dice que mañana será otro día, y verdaderamente lo será, pese al vago consuelo. Volveremos al vivir, sea rutina, sea hambre de los sentidos, sea autodestrucción. El arte del buen morir. Lo que quieras.

El reloj tarde o temprano dará otra vuelta. Y seguirá doliendo cada vez que veamos el leve brillo de la guadaña, y sepamos que de todo nuestro sudor, del dolor o del placer, no quedará ni la sal.

Por ello admiro al juglar, al músico, al artista. Él es el privilegiado. Él no mira a la muerte, ni a su reloj, ni a su guadaña. Verdaderamente su destino es el mismo, pero el solo ve un camino, toca su música, y a su espalda siente una danza. Lo admiro y lo envidio. Lo admiro por saber dedicarse no a sí mismo, ni a los demás, ni al mundo. En toda dedicación radica cierta forma de egoísmo que nos condena al brillo del metal. Menos en una. El artista crea belleza, y la belleza mitiga cualquier dolor, el propio, el ajeno, el del mundo, sin ir dedicado expresamente para nadie, pero para todos.

Alcanzar el derecho a darle la espalda a la muerte, viene por ganarse el derecho a dedicarse al arte de la belleza. E ahí radica lo más difícil: hay que aprender a darle la espalda a la vida, para finalmente mirarla de frente. Y no solo eso, verla en toda su crudeza, y sentirlo como algo bello.

Yo sé que aun no lo logro, porque todavía duele.

Otra noche más, de otro año, nuevo o viejo, es lo mismo, vivo en posición fetal, derrotado, hasta volver a nacer.

sábado, 23 de abril de 2011

23 de Abril: Una legaña y un despertador.


Estoy empezando a plantearme que ese sea mi regalo.

¿Sabías que la percepción del tiempo en la memoria se relaciona con la densidad con que  se forman los recuerdos? ¿Sabías que un recuerdo se guarda de forma más densa en tanto que este representa algo nuevo o diferente para nosotros? Se dice, y muy bien dicho, que cada año que cumples, parece que pasa más rápido que el anterior. Es simple, cada año nos resulta menos nuevo que el previo. Es normal, ¿no? Se supone que cuantos más años vivimos menos nos quedan por ver... Y yo me río. En realidad, cada año que pasa, hundimos (y nos ayudan a hundir) un poquito más el puñal que desangra a aquello que la gente llama curiosidad.

Los niños van al colegio a eso de las 8 de la mañana. Como muy tarde a las 9. Esto implica levantarse a las 6 y 30, 7 o 7 y 30 de la madrugada. Si vives entre un trópico y un polo, esto implica levantarse de noche o al alba. Después, pasan 3 meses de vacaciones estivales y se olvidan de todo lo que aprendieron a partir de las 12 de la mañana, tras el recreo. Lo de antes no lo olvidan porque no lo aprendieron, estaban demasiado dormidos. A la 1 del mediodía, más o menos, vuelven a dejar de aprender pues hay demasiada hambre. Encima, los niños no desayunan. Pero normal, el estómago también se esperó a la hora del recreo. (Y los bollicaos se hicieron con el monopolio de flotadores)

¿Por qué nadie se ha planteado, con tanta reforma educativa, tanto informe PISA, y tanta matemática fallida, cambiar los horarios escolares? Está tan asumido que el colegio empieza con legañas que simplemente no parece parte del problema.

Pero, ¿qué sentido tiene hoy en día? La respuesta será... siempre fue así, y a los de antes, no les fue tan mal, ¿no? No lo voy a discutir. Pero, y los de antes... ¿De dónde viene todo esto?

Los colegios, la educación, leyes y sistemas educativos arriba o abajo, mejores o peores, tienen en su mayoría (es decir, en lo que a enseñanza pública se refiere) un origen común, indudablemente loable y que no se debe menospreciar: La reivindicación del derecho y deber de la alfabetización de TODOS los seres humanos constituyentes de un territorio (unos lo hicieron mejor que otros, amén de que unos tenían más recursos que otros.)

Es decir, antes de la universalización educativa, la mayoría de nosotros, seríamos a traslado de hoy agricultores, jornaleros, mineros o con suerte artesanos. Los primeros niños que tuvieron la suerte de acceder a la educación gratuita, eran por tanto, hijos de: agricultores, jornaleros, mineros o artesanos... Del rural.
En aquel entonces era costumbre inherente al ser hijo el ayudar a los padres, mayormente porque eso aumentaba las probabilidades de llevarse algo al buche (y ante ese argumento supernani era una de las pocas en paro). Cuando se estableció la educación pública, por muy gratis que fuera esta, el hambre y el trabajo seguían siendo los mismos. Un fastidio, deberes y trabajo y ni había televisión... (Y me apuesto lo que sea a que se que niños se quejaban menos)

El caso, teniendo en cuenta esto, lo lógico era que el colegio empezara temprano, después de que los niños hicieran las primeras tareas que acompañan al alba, ya despiertos y espabilados. Por otro lado, la tarde debería quedar completamente libre para desempeñar el resto de tareas. Así, las horas más adecuadas para la educación eran aquellas que iban de 11 a 1 del mediodía, cuando el sol más aprieta y en el campo no trabajan ni las vacas. Por ello, y perdiendo un par de horas más, estar a las 8 o 9 en el colegio era un sacrificio asumible si se dejaba la tarde para estas tareas, y desde luego, se respetaba el verano, que es cuando se recogen la mayoría de las cosechas.

Y funcionó bien la cosa. Los niños aprendieron por primera vez, unos más y otros menos, que tiene que haber de todo. Ayudaron en casa hasta que los estudios los llevaron a la ciudad, y ya no tuvieron que levantarse a ordeñar las vacas, ni cortar el pasto a la tarde. Ni guardar a las ovejas, moler, hacer la sidra, recoger las patatas o plantarlas antes. Pero cuando estos tuvieron hijos, ellos se levantaron a la misma hora, sin razón alguna. Y sus nietos, y sus bisnietos...

No me quejo por madrugar, al menos ahora mismo. Pero si cambiásemos los despertadores que hay en todas las mesillas de noche, por un libro, probablemente el mundo estaría más despierto  (o simplemente, despierto) y no estaríamos donde estamos y como estamos.

¿Qué en dónde estamos y cómo estamos? No os lo voy a decir yo. Fijaros, con todo lo que hemos progresado, ¿debería haber alguna queja? Quejas no faltan, pero a saber que tipo de quejas. 

Si encima de cambiar el despertador por un libro, probáis a leerlo, os bailo una jota en memoria a nuestros bisabuelos. 

Sí, sí. Aquellos  que empezaron siendo unos ignorantes. 

Al menos estaban despiertos.


viernes, 11 de marzo de 2011

La cuerda y el paraguas


Hoy elijo ser funambulista. 

Recojo mis bártulos y me monto en el coche, enciendo la radio. La antena siempre funcionando. Una vez más, yo y la carretera, y nadie más, alejándolos del resto de habitantes de la Tierra.

Dejo atrás curvas incesantes, rectas tranquilas, agotadoras cuestas arriba y cómodas cuestas abajo. Dejo atrás alegres campos, oscuros bosques, complejas montañas e inalcanzables horizontes marítimos.

Llego a creerme que lo dejo atrás todo. (Hasta me puedo creer que soy un iluso)

Atravieso mi propio desierto, y me pongo las gafas de sol, no tanto por la claridad, que nunca me ha molestado, sino por las pequeñas y molestas arenas.

Paro el coche y me bajo. Los zapatos crujen a su contacto con el suelo.

 El precipicio. Allí está la cuerda, colgando de un lado al otro del que algún día debió ser el cauce de un gran río. Me acerco con miedo al borde, pues tengo vértigo.

Hoy haré el número del paraguas. Con un poco de mala suerte, una ráfaga de viento me convertirá en una suerte de Mary Poppins precipitado (pues por algo le llaman precipicios)

Respiro hondo y piso la cuerda con el pie derecho. Sin mirar abajo.

Vuelvo a coger aire y me río. Como buen amante de mis propios circos, tuvo que pasar por mi mente  ‘el más difícil todavía’. 

El sol brilla a lo alto y no se escucha absolutamente nada. Algunos remolinos de aire me susurran en los oídos. ‘’ ¿Más difícil todavía?’’

Vuelvo a la mochila y saco un paño rojo. Colocándome frente a la cuerda que atraviesa el barranco,  me lo ato alrededor de los ojos. La carpa de mi circo construye un universo bermellón.

Tanteo con los pies y busco la cuerda. Doy el primer paso.

Y allí voy, yo solo, dejando al mundo detrás, buscando mis propios barrancos, atravesando cuerdas con paraguas, y vendándome los ojos. ¿Sabéis como acaba la historia?


lunes, 27 de diciembre de 2010

La mala costumbre de levantarse tarde

Hace poco que recibí una carta que, en principio, me cayó como un jarro de agua fría. Hoy simplemente, la reproduzco dándole la razón; por despertarme de esta especie de anestesia en que a veces nos sumerge la vida.


‘’ Tengo un montón de ideas desordenadas en mi cabeza, desde hace tiempo, hacia ti, y hacia esta carta. No son malas, porque no has hecho nada malo. Pero creo que tampoco son exactamente buenas. Por eso, como tú no tienes maldad ninguna, mereces saberlas, sea lo que sea que ello implique.

Damos por hecho que somos amigos. ¿No? Creo que es la idea clave. Si, tú también lo crees. Pero hace un tiempo que me he sorprendido con la idea de que quizás esto no es así. Me imagino que ya te estarás preguntando si me has hecho algo. Nada malo desde luego. Hemos sido amigos, y, en algún momento concreto, una de esas grandes amistades de la historia de las que tu hablabas, esa vinculación especial, no por necesidad ni por placer. Por el bien, porque sí. Bueno… Como no ha ocurrido nada que rompiera el vínculo, este se da por hecho.

Pero está el tiempo. El tiempo pasa y un manojo de grandes recuerdos no es suficiente. Ya no sirven de motor, y no crear ningunos nuevos los atasca en quién sabe qué lugar. ¿Me explico?
Tú ahora tienes tu vida, yo tengo la mía, y aunque esos buenos recuerdos te revivan de cuando en cuando, ellos son los únicos que forman parte de mi vida. Tú, tu presente, diría casi que no es nada para mí. 

¿Recuerdas aquellos días en que reaccionamos contra el tiempo y los compromisos? Nos empeñamos en poner de nuevo en marcha la máquina de recuerdos.

Aquí entra la mala suerte o la buena, quien sabe. Compromisos de última hora, amigos necesitados, etc etc… ¿Recuerdas aquel verano? Planeamos aquellos días para nosotros, y alguien pidió tu ayuda, una y otra vez, cuando yo solo pedía tu compañía. 

Aunque parezca lo contrario no te estoy reclamando nada. Estoy seguro que ese conjunto de decisiones te han llevado a buen puerto, y, además, cuando anteriormente yo pedí ayuda tú acudiste, y seguro que abandonaste a otros que, en principio, solo pedían compañía. Es lo más noble.
Pero, quizás aquella compañía era un grito desesperado de ayuda. Probablemente no, pero nunca te revelaré la incógnita. ¿Es cruel? Te pido perdón ya mismo, pero no me retracto. Sé que si quisiera verte de nuevo, solo tendría que pedirte ayuda. 

Y es que lo dejas todo por acudir cuando hay problemas, y entonces demuestras de verdad el valor de una amistad. Ya se sabe lo que dicen no… el amigo es el que está en los momentos duros. Pero a mí no me parece justo. Ni para ti ni para los demás. 

Normal que después te de pereza quedar con la gente, como me decías a veces… no es satisfactorio establecer relaciones a base de resolver problemas. Te pierdes los momentos buenos, por mucho que sea ‘lo fácil’. Que sí, que se que disfrutas mucho con mucha gente, pero seguramente sabes por dónde va el punto. Y es que una cosa es disfrutar del día a día sobre la marcha, y otra vivir el día a día como uno realmente quisiera. Una vez hablamos de eso, ¿te acuerdas?

Pues eso. Que tú tienes tu vida, y yo la mía. Que creía que te echaba de menos, pero echo de menos tu recuerdo, y son cosas diferentes. Y desde luego no quiero una respuesta a esta carta, ni que acudas a mí por ella. Aunque igual ya es demasiado tarde. Pero prefiero que no lo hagas. No somos amigos, aunque lo fuimos, y quien sabe, quizás lo volvamos a ser, quizás no. No me preocupa porque ambos hemos obrado sin maldad, asique tampoco deberías preocuparte. Asumo mi 50%. Esto no implica nada, si te veo, te seguiré saludando, te preguntaré que tal estás, y si las circunstancias se dieran, tomaríamos algo y charlaría contigo sin dudarlo. Conociéndonos acabaríamos hablando durante horas.

O quizás no.

Sea lo que sea, hemos hecho nuestras decisiones, y yo mantendré siempre los recuerdos. Mantener un lazo es demasiado doloroso. Pero, que ya no lo haya, no implica que, al menos por mi parte, te desee lo mejor de lo mejor. No te imaginas cuanto, a pesar de lo desgastado de este tipo de frases...’’


Y no te respondo, porque, al igual que cuando aun hablábamos a menudo, a veces hablar por uno, podría ser perfectamente hablar por lo dos.

Pero te digo, hasta pronto, y que te vaya muy bien. =)

(Y feliz 2011 a todo el que me lea.)

martes, 7 de diciembre de 2010

Envejeciendo a las 5:19 de la madrugada


Seguro que muchos de ustedes se han dado cuenta. Probablemente cuanta mayor sea su edad es más probable que sea así. Incluso para mis lectores ¿habituales? que deberían rondar la veintena o treintena a lo sumo, ya habrá empezado a ser un cambio más que notable. Al menos eso espero, lo he oído en más personas y para mi es casi un paradigma de la vida.
 
Estoy seguro de habrán observado lo siguiente, aunque ojalá no sea así:

Bien se sabe que, cuando somos pequeños, los días, las tardes, y las mañanas también, si se trata del parvulario, se basan todo en juegos-descubrimientos,-curiosidad- juegos-descubrimientos-curiosidad… etc. Lo días son algo enorme, eterno y sin fin. A veces incluso demasiado, pero creo que hoy en día no lo podemos ver así.

Después llega la primaria, las primeras obligaciones cuando nos acercamos a la ESO… estas cosas. A veces hasta hay que estudiar. Las tardes siguen colmadas de diversiones, pero cada vez más, se ocupan de tareas y quehaceres (que hacemos a disgusto, y educadores del futuro, deberíamos hacer por gusto, el niño del párrafo anterior era pura curiosidad, este empieza a ser un membrillo). Se produce un doble fenómeno, somos más mayores, más grandes, pero por culpa de estos pequeños aburrimientos obligatorios quizá los días siguen siendo largos, tal vez más.

Es en estos años cuando los adultos nos parecen animales curiosos y a la postre imitablemente divertidos (aunque a los que tenemos más cerca por desgaste los acabaremos apartando.) Queremos crecer y trasladar todas las capacidades de los adultos a nosotros, adaptarlas a  toda la inmensidad de nuestro tiempo e infinita curiosidad.


Después llega la adolescencia y un poco más de responsabilidad. Aquí ya uno empieza a decidir cómo se toma esta. Morimos por cumplir 4 años más, 3 años más, 2 años más… Adquirimos el hábito de contar los años. Quizá tanto que por eso queremos vivir más deprisa. Es la época de las experiencias, el tiempo no pasa más rápido pero si se viven muchas más cosas. Y claro, con tantas cosas, a poco que echas la vista a ayer, parece que pasó una semana entera, que solo fue un día, y una vez más, el tiempo no pasa.

Después cumplimos 18 años, llega la universidad (o el FP, o repetir, o trabajar, o estar en casa rascándose los Franciscos. O las Patricias) Sea como fuere nos damos cuenta de que corrimos mucho pero no era para tanto, que lo de ser adulto, no da ni superpoderes, ni nada por el estilo. De un día para otro resulta que seguimos siendo iguales, pero adultos. La diferencia es mínima, pero a partir de ahí, seremos adultos. Se pueden añadir más adjetivos, haya ustedes, pero adultos semos.

Entonces empiezas a contar los años, por primera vez en tu vida, del derecho. 19… 20… 21. Y pensar que hace tres años tenía 18 y estaba saliendo del instituto, y ya acabé la carrera. Dirán algunos. 22. 23. (Aplicarán lo mismo los licenciados.) 24. 25. De pronto te sorprendes de que ya pasaron 7 años. ¡SIETE! Desde los 18. Imagínate, de los 11 a los 18 también había 7, y parecieron una eternidad… Y Dios… 14 años desde que entré en la ESO. Madre mía, pero ¿Qué ha pasado? 26. 27. 28. De pronto ya estás trabajando. (O eso espero, que hace ya años que acabaste la carrera. ¡NO ME LO RECUERDES!) 29. 30. Probablemente de la pandilla de la universidad ya queden pocos en contacto, y la mitad ya están casados. ¡Imagínate! Chindasvinto casado con Fulanita. (Que era una fulana en sus días, y ahora, casada) Y Menganito ya se divorció, con dos hijos a cuestas, a hipoteca por cabeza. 31. 32. 33. De pronto te ves preocupándote por tus padres, que ya tienen achaques y no se toman las pastillas. ¡Pero si ayer les escuchabas decir eso de la abuela a ellos, sin hacerles mucho caso! 34. 35. 37. 39. CUARENTA. 45. 50. 55. SESENTA…


Que si que sí, que se de sobra que os habéis dado cuenta. Sabéis que exagero pero no tanto, veinteañeros. Empezáis a notar que la cuesta empieza a inclinarse, y que va todo más rápido. (Pasen o no tantas cosas.) Que uno dice más veces ‘’parece que fue ayer’’. ‘’Que los años se van volando’’. ‘’Que el otro días estábamos empezando’’.  Hasta olvidaste algunos nombres.

Pero… ¿Qué le pasa al tiempo? ¿Por qué pasa más rápido?

Vamos, que de seguir así y si percatarme, al acabar este escrito dejaré la dentadura postiza en un vaso. Incluso estoy pensando que, teniendo en cuenta que esto llevaba un par de días queriendo salir de mi cabeza, y se fue atrasando… Si me despisto se va conmigo a la tumba… ¡Quién sabe! Es más, y puestos a exagerar, empiezo a tener miedo de que los achaques acaben conmigo antes que yo con lo redactado, y sólo queden sus últimas palabras rebotando en una caja de pino barnizado mientras el tiempo echa sus últimas paladas de tierra sobre mí. 

¡Y tan siquiera pude decirle a nadie que poner en el epitafio! Es más, ni lo pensé. Aunque a mi cerebro de muerto se le acaba de ocurrir algo. ¡Después de tanto tiempo! Ya ni me acordaba…

R.I.P.
Javier Blanco 1989 – 20…
Vivió, hasta que empezó a pensar en el tiempo.

domingo, 31 de octubre de 2010

Upside Down


Recojo un entramado de rutinas y banalidades, y lo mezclo con unas aficiones, hobbies e intereses.
Le añado algún secreto, alguna herida interna, algún vicio oculto y un poco de pasado.
Entremézclo con una serie de valores e ideales. Con convicciones.
Adquiero necesidades y amistades, creo lazos resistentes, pero que no se rocen.
Entretejo todo, día tras día, enlazándolo, trenzándolo, poniéndole un nudo, otro nudo. Llenándolo de organización, de objetivos cumplidos y de errores que motiven a seguir luchando.
Enhorabuena, con todo ello has formado la coraza más resistente que jamás un caballero haya podido llevar. Eres invencible.
Olvídate de ataduras y de miedos, con tremenda armaduras puedes ir donde quieras. Eres invencible.
Pero. ¿Es libre el invencible?
A veces es necesario un corte, un golpe… un daño que, fuera de demostrarnos nuestras debilidades, sería la demostración de nuestra fortaleza.
Me gustaría un pedacito de humanidad, pero jamás podré adquirirla si va más allá de mi el daño.
Por eso, lo siento futuro. Lo siento.
Me conozco demasiado.

domingo, 22 de agosto de 2010

Y si lo admito ahora, ¿es por egoismo?


Egoísmo. Empiezo a estar demasiado seguro de que es lo que mueve al mundo. No lo escribo ni con rabia ni como discurso de desahogo porque he vivido una situación especialmente hipócrita, injusta o poco beneficiosa para mi… Simplemente es cierto. No es siempre malo, simplemente es. Hay miles de valores positivos en las personas, y sería más útil hablar sobre ellos… (Estoy pensando qué no estaría mal empezar a pensar más seriamente en ello) Pero primero admitamos nuestros defectos.

Pienso en el egoísmo involuntario. Se nos juntan dos frases típicas.

- No lo hizo con mala intención.
- Si uno no mira por sí mismo, ¿quién lo va hacer?

Está claro. Se puede ser egoísta sin que eso implique querer hacer daño a alguien. ¿Quién dijo lo contrario? Ser egoísta y ser malvado son conceptos diferentes. Se puede ser egoísta sin ser malvado. ¿También se puede ser malvado sin ser egoísta? Probablemente, pero, estos dos conceptos van íntimamente ligados al fin y al cabo.


El caso del egoísta que no guarda mal ninguno: El egoísmo involuntario.

  • Juan padece de insomnio. Trabaja todas las mañanas y se levanta cansado. No hay cosa que le altere más que escuchar cualquier tipo de ruido, música, conversación, en definitiva cualquier sonido. Como se altera, se desvela, y no duerme. Se cabrea, pero, es tan bueno que ni protesta más que para sí mismo.
  • Su compañero de piso, Gabriel, trabaja noche si, noche no, y suele acostarse tarde porque tiene el horario cambiado. Ve la televisión, con volumen normal. Sabe que Juan anda cansado, pero nunca le ha dicho nada sobre el ruido, asique ni se le pasa por la cabeza que su compañero agonice enroscado entre las sábanas. No es culpable de nada, como mucho, de no deducir que su compañero es incapaz de dormir. No exijamos tanto.
  • Juan vuelve al mediodía de trabajar, y Gabriel, después de comer, se echa una siesta. Gabriel viene y le pide a Juan que por favor, baje un poco el volumen de la televisión, que se va a echar. Juan lo baja un poco, molesto porque no escucha bien su programa preferido. Al rato lo sube, convencido de que Gabriel duerme profundo y no vendrá.



El caso del que es malvado sin ser egoísta: Algo no funciona.

- Hacer mal a alguien no está, por suerte, bien visto. Siempre que alguien hace daño a otro, se busca una razón; que en última instancia lleva a un punto egoísta.


  • Si odias a alguien hasta dañarlo – sientes el placer de haberlo dañado. Otras veces por suerte viene el remordimiento y arrepentimiento, y aprendes algo.
  • Si robas a alguien – sientes que consigues algo que anhelas.
  • Si insultas a alguien – te desahogas.
  • Si engañas al seguro – ganas dinero.
  • Si pones la música alta para molesta al vecino – Te resarces de sus protestas.
  • ETCÉTERA
Si dañas sin buscar ningún beneficio propio… Porque sí, sin más, algo falla en tu cerebro. El mal porque sí se considera un desequilibrio mental, un alejamiento de la realidad.
o Dañar sin más, sin que exista una motivación, un beneficio propio visto de algún modo, es inhumano.

  • Es decir, el mal sin egoísmo, es inhumano.
  • Por tanto, el egoísmo es lo que nos hace humanos.

Y es, por desgracia, el justificante de nuestro mal. Todos los humanos somos egoístas. Es cuestión de cada uno decidir límites y tipos. Pero, para eso, primero habría que admitir nuestro egoísmo.

Entonces llega un concepto nuevo: la ironía.

El caso es que, por regla general somos demasiado egoístas para admitir nuestro propio egoísmo.

Y admitirlo sería el primer paso para darnos cuenta de que no es tan malo, pero... esto es un secreto.


Imagen: selfish by antontang
La 2º es mía.

martes, 17 de agosto de 2010

La botella.


Enseguida me tacharon de loco, de intento de soñador visionario. ¿Qué sentido tenía hacer algo de tales dimensiones?
- ¿Qué sentido tiene? – Grito de pronto, para comprobar la compañía de mi propio eco.



***

Miraba al horizonte. ¿Qué sentido? Era inevitable recordar todas las botellas que envíe hacia aquella linea lejana. Hacia la nada desconocida. El mejor pozo para la esperanza. ¿Qué hay más allá? ‘’Un pozo’’ Me respondía a mí mismo. ‘’Puedo tirar todas las botellas que me plazca, como piedras en un agujero infinito. ¿Esperando algo de vuelta? ¿Lo qué? Tendría que tirar miles de piedras en un gran hoyo para que, una vez lleno, pudiera recoger tan solo la última.’’

‘’Podría mandar cien mil botellas al horizonte que jamás volverá una respuesta de vuelta. ’’ Tan siquiera mi propia pregunta volvería. Eso escribí en la última. Desde que lancé aquella botella, con todas, literalmente, todas mis fuerzas, todas mis esperanzas, me aqueja un constante y sordo tirón en el brazo. Probablemente psicológico, pero ahí está. Es mi dolor.

Fue con ese tirón cuando me vino la idea. Dejé la vista clavada en el sol, que comenzaba a esconderse bajo el mar. Tras el horizonte.
‘’Si las botellas… si las respuestas a mis botellas no cruzan de vuelta el horizonte…’’

La vista se me empezó a nublar por mirar al astro rey fijamente. Se lo dañino que es hacerlo, pero en ese instante tan siquiera lo pensaba. Era yo, paralizado, sintiendo la línea del horizonte como algo al alcance de la mano.

Segundo tras segundo, la pequeña mancha negra iba en aumento, hasta que pude sentir como un agujero negro me tragaba. Creo que me desmallé. No lo sé muy bien. El caso es que por un instante lo último en desaparecer fueron los extremos de aquella línea infinita y lejana, y sentí, creedme, lo sentí de verdad, estar al otro lado del horizonte.

Allí todo era oscuro, mas lleno de brillos flotantes. ‘’Botellas’’ Debí susurrar tirado en la arena de la playa. De mi cuerpo apenas notaba más que un ligero cosquilleo en las manos. Como cientos de veces en mi vida, lo interpreté como una señal, y, antes de que este hormigueo desapareciera, estiré la mano y agarré algo. Cilíndrico y frío. Sobre lo que vino a continuación no recuerdo mucho más.

Unos minutos más tarde, la bruma empezó a despejarse. Primero en la periferia, luego hacia el centro, podía ver de nuevo. La playa, el atardecer, el horizonte. Tan, tan lejano.

Apreté mis puños. Solo uno. En el otro, había una botella. Me levanté de golpe, con el corazón compitiendo en plena carrera de caballos. ‘’Absurdas casualidades’’ Susurré tembloroso. En cuanto vi que contenía un mensaje me tragué una bola de mis ‘’absurdas palabras’’ en forma de saliva.

Tardé en abrirla. La miré desde todos los ángulos, estudiándola desde fuera como si aquello fuera a revelar algo. Lo único que logré fue una extraña familiaridad con aquel vidrio verdoso.

Por fin saqué el corcho y deslicé el pequeño rollo de papel por la boca de cristal. No acababa de atreverme a abrirlo.

Miré una vez más la botella, interponiéndola entre mis ojos y el sol, viendo el mar, el cielo, el horizonte, todo verde. Tan verde que por una vez, creí entender el verdadero valor de la esperanza. Fui fuerte.

Abrí el rollo, con dedos torpes. Ni me fijé en la caligrafía. Leí.

‘’Podría mandar cien mil botellas al horizonte que jamás volverá una respuesta de vuelta. ’’


Sonreí derrotado. Menuda ironía. Me senté en la arena con la cabeza gacha, y volví a jugar con la botella y el sol, con mi ficticio mar verde.

‘’Si las botellas… si las respuestas a mis botellas no cruzan de vuelta el horizonte…’’

Esa tan siquiera lo cruzó de ida. ¿Por qué seguía intentándolo? Ya había comprendido su inutilidad. No llevaba a ningún sitio. Era, sin duda, un gesto romántico. Nada más. Fue en su momento un pozo de esperanza, pero, ahora… ¿Las mandaba quizá, porque, una parte de mi sabía que jamás llegarían a nada aquellos mensajes? Si lograsen su cometido, ¿qué haría después? ¿Temía cumplir del todo mis anhelos?
Me sentí desolado. ¿Era esclavo de mi propia y falsa esperanza? Un marcapasos con una carcasa de un verde apagado… ¿Cómo había llegado a eso?

‘’Si las botellas… si las respuestas a mis botellas no cruzan de vuelta el horizonte…’’

Era hora de reaccionar. De ser sincero conmigo mismo. Pero… ¿Cómo? Al final era la eterna pregunta, la infinita falta de respuesta. Encontraría otro engaño para mi alma. Para mis principios. Los tendría anestesiados en otro gesto de romanticismo de tres al cuarto.

Dejé la cabeza en blanco y miré el interior de aquella botella, donde el mundo era falsamente verde. Donde era creíble que, más allá del horizonte, me esperaba un mar lleno de mensajes para mí.

‘’Si las botellas… si las respuestas a mis botellas no cruzan de vuelta el horizonte…’’

El sol iba desapareciendo, y con él, el verde se apagaba poco a poco. Mi corazón se encogió.

- No puedo. – Grité a la botella. – No puedo ver morir poco a poco mi propia esperanza. En mis narices – Terminé susurrando, casi al borde del llanto.
Fue justo en ese instante. Viviendo los últimos latidos del mundo verde. Era hora de hacer algo. Algo de verdad.

Me llevaría un tiempo, meses quizás.

Recogí, en los siguientes, bolsillos y bolsillos de arena, que acumulé y guardé de forma secreta.

Busqué un trabajo en una panadería, la más grande de la ciudad, quemándome cada noche ante el calor los enormes hornos industriales.

Visité bibliotecas, fraguas. Me informé. Era probable. Era posible.



***

Todavía puedo ver los rostros incrédulos cuando, de un camión alquilado, la dejé caer al mar. Pero no me importan ni caras ni palabrerías. Ni que me techen de loco. Yo cruzaré el horizonte.

Cojo un poco de aire y en un suspiro, dejo que mi aliento empañe el cristal, el que tinta el mar de verde. En el vaho escribo mi mensaje. ‘’Esperanza.’’

Lo veo borrarse poco a poco, pero no me importa; no necesito palabras. No puedo evitar sonreír. Yo soy el mensaje. Dentro de mi propia botella camino del horizonte
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sábado, 20 de febrero de 2010

Voluntad de crear, o danzar.


Pregúntense, damas y caballeros, como comienza. ¿No es increible? La voluntad de crear y ser un dios más durante el instante que -por supuesto- nosotros mismos elegimos.

Porque, he ahi el asunto... y esque cualquiera puede cear y por lo tanto todos estan en su derecho de endiosarse por unos instantes.

Suena la primera danza Húngara, de Brahms. En ella es imposible no sentir ese impulso emocionado, incoercible del que no solo pudo crear, sino que tuvo la voluntad de hacerlo.

Y es que crear comienza por creer, pero termina mucho -creeme, y por eso no estarás creando poco más que un primer vinculo de confianza- mucho más allá. Cada palabra, o nota, enmienda o arreglo... Cada -me grita la antítesis- pequeño universo.

Nada se creó en voluntad sin haberse terminado.

Asique que hoy, me propongo ser dios por unos instantes, aun cuando tremendo ego resulte deleznable -como el débil vínculo antes creado-. Y sólo lo hago porque -hasta uno se adelata a sí mismo- un blog realmente, no tiene final.

(Pero ¡ah! Que bien sienta)

Suenan los últimos compases; la danza húngara se cansa. Salgo. 3 y 25 de la madrugada, ya no llueve, parece que por hoy, las nubes terminaron su obra. Eso me recuerda que Febrero es el mes que dibuja las mejores arquitecturas celestes. Po supuesto, ni la noche ni las farolas dejan regocijar mi mirada, pero sonrío igual; no ver los castillos no implica su inmediata no existencia.

Y es que no me olvidé, hoy soy un poco dios...

Se acaban las impetuosas cuerdas. Fin del baile.

Amontono unos tueros sobre mi brazo; al fin y al cabo salí para eso. Entro. Vuelvo a llenar la cocina de leña, para que, en principio, otros encuentren algo de calor -aunque sea inhumano- a su llegada.

Mientras prenden las llamas es facil pensarlo: lo que antes fue un árbol, ahora solo será calor, y peor aun, ajeno y -grita de nuevo la antítesis- frío. Es más sencillo decirlo, arderá; los dioses tambien destruyen y juegan al caos.

Lo que no es tan evidente, porque siempe nos quedamos con lo malo, es que mientras duerma, la chimenea hará de hormigonera de mi propia arquietctura; Febrero ha de seguir siendo el mes de las nubes.

(Y todo dios necesita una utópica morada)