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jueves, 17 de abril de 2014

Cielo, tejados, lengua, saliva y chimeneas.



Es una mezcla de todos los tejados, cielos y chimeneas que ha visto.



Así lo definieron una vez.

Abre la carpeta, y guarda otro tejado, con otro cielo, con otra chimenea. Carpetas: eso es el cerebro. No cree en la metáfora del ordenador que propuso Black en 1961, ni que lo mineral e inerte pueda llegar al alcance de lo orgánico. Lo que sabe es que su cerebro hace un tête à tête con el mundo que se manifiesta en forma de carpetas, de cajones, de cajas. Se van formando compartimentos que él, como cualquiera, puede elegir mantener en forma de idea o en forma física:

- Tejados: Guarda tejados y cielos, que es su nueva obsesión. Después se olvida.
- Ciudades: Dibuja ciudades con distintas perspectivas, en báse a  la sociedad y cultura que las moldea, las hipertrofia, las caricaturiza y les da cara a sus verdaderos skylines. Después se olvida.
- Personas, convierte a una mujer en exprimidor y espera paciente a que llegue el día en que a otra se le salgan las neuronas y el mundo las convierta en luces de navidad. Las neuronas sueltas dan asquete: mujeres y estereotipos. Después se olvida.
- Carreteras, ríos, vías del tren, raíces, puentes, y la eterna lucha por hacerse paso. Despues se olvida.
- Su vida: Trata de escribir todo lo que ocurre en las buenas épocas o en los buenos días. O en los malos. Después también se olvida. Esta especialmente es la que menos interés tiene en volver a revisar. Está sesgada.
- Canciones: Acumula, reune, y trata de relacionar por algún criterio extraño (colores) la música que despierta la sinestesia adecuada. Aquí no se olvida demasiado (y quizá por eso le importa menos).
- Sed de conocimiento, inutilidad humana que, sin servirle para nada le gusta recordar: La relación entre Fernando el Católico, el nudo Gordiano y Alejandro Magno. La existencia de un Paris en Texas desde el que Natasha Kinski puede plantearse visitar la formación de tipo fiordo más al sur de Europa na Serra de Xurés.
- Su basurilla: Un collage de mapas de ciudades, tickets de transportes, hojas desecadas, cartones publicitarios, que anduvieron con él de aqui para allí.
- Libros. No vuelve a releer nada nunca, pero meticulosamente marca las páginas que llevan el fenómeno de la identificación del lector a su máximo goce. Después, evidentemente, se olvida.

Una forma tangible de sí mismo, sin orden establecido, sin razón específica, sin definición precisa.

Soy-un-ser-vivo. Dice la lengua húmeda en contacto con los dientes. Entra el sol por la ventana, la cortina está anudada y el sonido de una moto de gran cilindrada se aleja por la nacional VI. ¿A dónde irás?

miércoles, 16 de abril de 2014

Amplitud.

Fragmento de conversación que no me esperaba encontrar en un paseo por el monte, de dos viejiños que hablaban a un lado de la carretera de Lambre.



domingo, 29 de septiembre de 2013

La somatización del vértigo rojo.


Estaba frente al espejo, por la noche, investigando su cuerpo desnudo como solía hacer desde hacía años cuando el avance de la madrugada se lo iba tragando poco a poco. Se llaman las horas débiles. En estas, acudía desesperado a su reflejo, con la esperanza de que al transgredir la extraña prohibición interna de verse en su débil desnudez ante el mundo, este mismo no terminara de tragárselo. ''Me rindo, todavía no me comas''

Y ahí estaba; encerrado en el cuarto de baño, iluminado por una luz fría de 630 lúmenes que disimulaba ese extraño fenómeno que sucedía desde hacía meses y que desviaba toda su atención; se estaba volviendo pelirrojo.

 Esa misma tarde, incluso su abuela lo había notado a través del filtro de la presbicia.

- Eso no debe ser buena cosa. – Le dijo. Nunca había hecho ninguna atribución buena o mala a tal acontecimiento, que como mucho, le hacía cierta gracia.
 
(…)

¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? ¿Pero por qué también nos da vértigo en un mirador provisto de una valla segura? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierna en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.

(…)

La palabra debilidad ya no suena como una condena. Cuando hay que hacer frente a un enemigo superior en número, siempre se es débil, aunque se tenga un cuerpo atlético como el suyo. Aquella debilidad, que entonces le había parecido insoportable, repugnante, de repente le atraía. Se daba cuenta de que formaba parte de los débiles, del campo de los débiles, del país de los débiles y que tenía que serles fiel precisamente porque eran débiles y se quedaban sin aliento en mitad de la frase.
Se sentía atraída por esa debilidad como por el vértigo. Atraída porque ella misma se sentía débil. De nuevo le temblaban las manos. Él lo vio e hizo un gesto que ella conocía bien, cogió las manos de ella entre las suyas para tranquilizarla, apretándoselas. Ella las retiro bruscamente.
-          - ¿Qué te pasa? – dijo.
-          - Nada.
-          - ¿Quieres que haga algo por ti?
-          - Quiero que seas viejo. Diez años mayor. ¡Veinte años mayor!

Quería decir: Quiero que seas débil. Quiero que seas tan débil como yo.

(…)

Tenía ganas de hacer algo para que ya no le quedara escapatoria. Tenía ganas de destruir brutalmente todo el pasado de sus últimos años. Era el vértigo, el insuperable deseo de caer.
También podríamos llamarlo la borrachera de la debilidad. Uno se percata de su debilidad y no quiere luchar contra ella, sino entregarse. Está borracho de su debilidad, quiere ser aun más débil, quiere caer en medio de la plaza, ante los ojos de todos, quiere estar abajo y más abajo que abajo.

(…)

Despertó entonces de forma diferente. Era diferente porque notaba una sensación que no se parecía en nada a los despertares de su vida reciente, que nunca se había parado a definir. Quizá (sí) habían sido más cansados o débiles. Quizá. (Él) Se sabía somatizador. Quizá le ocurriese como con los nervios, que nunca los notaba hasta que la boca del estómago le apretaba en la garganta; el pelo rojo (cada vez más) le avisaba de algo. La resaca capilar de una borrachera de debilidad. Y nunca se percató. Se levantó corriendo, se sentía enérgico. No era de noche, pero tampoco lo  necesitaba para mirarse al espejo.

Era dificil saber sí había un cambio, pero él sí lo veía.

Quería decir: Estaba decidido a volver a tener el pelo negro.

viernes, 25 de mayo de 2012

El paciente destino de la profecía autocumplida.

Él, que había sido dotado de una gran paciencia, pronto comprendió de la utilidad de esta. Con ella, pudo oir a gran número de personas, de penas y alegrías. Pudo leer pequeños y alegres textos, y otros largos, pesados y extensos sin más. Entendió la insustancialidad del tiempo, que se nos va de las manos mientras lo contamos.

Su paciencia le llevo a creer en la sabiduría, y pensó que observar el mundo con su indómita paciencia le haría alcanzarla. Observando, se dio cuenta de algo fundamental para el sabio, que más allá de sus horrores, la vida no dejaba de ser algo tan hermoso como atómico e irrelevante.

Pronto aprendió la forma en que se debe amar a las personas. De una en una, como deben ser. De la única forma que son personas.

Con el tiempo, que no se molestaba en contar, despertó en él una sensación de necesidad, de compartir. Pensó quizás que debía de compartir su sabíduría, su forma de ver el mundo. Lo hizo, lo intentó. Cada uno escuchó a su manera, y más allá de las pequeñas influencias, cada uno siguió escuchando lo que más deseaba oir.

Entonces, reflexionando, el sabio pensó que quizás amar a otro, a uno solo, y no al conjunto humano era lo que necesitaba. Observó a su alrededor, observó la belleza del hombre y la mujer, la sensualidad, la ternura. Lo observaba todo y no acababa de entender que deseaba él.

Como sabio que se creía nacido de la paciencia, se resginó a pensar que su propio don, el de esperar, debería tener un fin, el de traerle a alguien. Así, su paciencia y su sabiduría alcanzada tendrían una razón, un objeto.

Entonces se sentó y esperó. Observó a la gente y sus cualidades, sus conversaciones. Miraba, pensaba, miraba. Le hablaban. Esperaba. Con el tiempo dejó de responder, solo observaba, con esa paciencia infinita. Hombres y mujeres pasaban por delante con curiosidad. Las canas, la barba crecían y el sabio paciente nunca se daba por vencido.

Llegado un día, el hombre murió.

domingo, 13 de mayo de 2012

Umbilicalidades.


(Islas) Flotaba en un útero universal, dentro de un líquido amniótico donde todo era hidrógeno. Ardían más allá de la placenta las estrellas, dándose calor unas otras, más cercanas o lejanas entre sí. Movía sus piernas y daba pequeñas patadas, luchaba contra esa extraña barrera, desde la que veía el universo difuminado, y dentro de la cual soportaba su propio calor, ninguno más.

Sujetaba su cordón umbilical y trataba de averiguar su procedencia. Una isla en medio de qué. Unida con qué. ¿Cuál era la fuente de su alimento? ¿A qué se iba a aferrar?

Flotaba, pensando esto, sin saber que si algun día nacía, jamás lo iba a recordar. Jamás lo iba a olvidar. Certeza de vacío.

Nunca el terror a morir debe ser inferior al de vivir.

domingo, 9 de octubre de 2011

La desesperante dipsomanía de la lágrima.


Ayer me dormí tan feliz que el despertar de hoy no me supo a nada.

Hace mucho que aprendí que no se puede parar el tiempo y lo mejor que puedo hacer mientras tanto es paladear al máximo los instantes en donde se presentan verdaderas sensaciones. El Carpe Diem suena a concepto sobado; ya no sirve con bajar las persianas y cerrar las puertas para vivir en el engaño de la noche cuando nos rodea el día.  La madrugada empieza sabiéndose el momento en que va a terminar, y todo lo que hay en medio puede ser tan intenso como nosotros queramos, pero no más largo ni más corto. Lo único que podemos alterar es su recuerdo.

Ya van tantas noches para el olvido que me pregunto si todavía no he empezado a vivir.

Y probablemente haya vivido ya mucho, pero de lejos admito que no lo suficiente. Tengo sed de vida y se me pega la lengua al paladar por las mañanas. Me arde la garganta por no expresar ni la octava parte de lo que quisiera y creo que mi otitis y su constante recidiva se basan en escuchar penas y desgracias demasiado a menudo y sólo en forma de palabras. Palabras, palabras y palabras.

Me miro al espejo y este me mira a los ojos, me difumino por dentro y no creo que ese sea yo.

Ese es el yo que todos los demás ven, aquel al que a veces me da curiosidad ver, pero que jamás podré captar, y que no se hasta que punto se diferencia del que yo conozco. Mientras tanto, espero con ansias beber unas lágrimas verdaderas. Resguardadas. Uno de esos tesoros escondidos en el corazón congelado de alguien que ha perdido la mitad de su voz. Que ya no usa determinadas palabras. También quiero beber lágrimas de pura felicidad. Dejar esta miopía reseca y empezar a ver desde la parte trasera de una emoción, con una lente de agua con sal. Poder tragar por fin sin sentir los arañazos fríos del metal acumulado en mi saliva.

Llorar ante el concepto de que uno más uno a veces es mucho más que dos. Entonces no temeré a los finales ni a las horas, no recurriré a los bunkers de persianas ni camuflaré el dolor del sinsabor del mundo con un masticable de lizipaina. Desaprender a sumar para que el mundo me deje de dar sueño. A mi, que siempre he sufrido de insomnio.

viernes, 12 de agosto de 2011

Niebla roja.


Los primeros ruidos de la mañana despertaron la premonición de fatalidad en algún rincón, entre los genes y el instinto, de un zorro rojo de siete años que ha sobrepasado con creces el tiempo que le podía brindar la naturaleza. El hambre, la edad, alguna enfermedad, o una mezcla de todo esto están a punto de llevarse a este astuto ser.  A los zorros no les persiguen encapuchados con guadañas ni mujeres tejedoras o velas que se apagan. La muerte se percibe desde dentro, y este viejo ya puede notar con antelación cierta putrefacción, un poco más de atrofia y un insalvable olor a falta de vida que apenas le permitió echarse a dormir con el final de la noche.

En ese instante, un niño, también de siete años, pero con mucho menos vivido y mucho más por vivir, se levanta de cama con las primeras luces del alba, aunque el detonante no ha sido más que una pesadilla. Alejandro tiene siete años. Vive en un chalet de verano con sus padres, que lo tienen en un pedestal. Alejandro, sin embargo, a pesar de su corta existencia, quizás cosa de los genes, o del instinto, vive totalmente desligado de sus progenitores. De alguna manera él lo sabe, aunque los mayores no lo sospechen. Ya tiene edad para comprender lo buenos que realmente son, y lo bien que lo tratan, pero simplemente, las cosas son así. Se sabe solo en el mundo, de alguna manera. En parte de ahí le vienen las pesadillas. Jamás las recuerda. Se despierta empapado en sudor, pero no grita ni entra en pánico. Se siente tremendamente apartado de todo, vacío... aunque todavía no acaba de entender esas sensaciones.

Ávido por el principio del fin, el zorro rojo detona la última carga de vida .Se levanta todavía enérgico y comienza su marcha, bosque abajo, hacia el valle, donde desemboca el río. Quizás lo mueve el instinto natural de la transformación, de la descomposición que camina de la mano con la humedad, o simplemente se deja arrastrar por la sed del último aliento. Sin importarle mucho, entra en una pista de gravilla, y la sigue, siempre hacia abajo. Donde ellos viven.

Alejandro baja las escaleras que separan los dormitorios del resto de la casa. Cuando alcanza el primer descansillo, mira por unos instantes la puerta del cuarto de sus padres. El no acude a su bunker  de sábanas cuando tiene pesadillas. Nunca lo ha hecho y lo desconoce. Agarrando un cojín estampado con un personaje de dibujos, baja todavía medio dormido cada peldaño, y se dirige al salón, inundado por una luz grisácea que se filtra entre la niebla matutina.

Al final de la pista de gravilla, el zorro apura sus últimos pasos tambaleante. Lejos de encontrarse el río, da con un montón de piedras amontonadas y hierros verticales. Muros y más muros de chalets que cercan las vistas a la desembocadura. Olisqueando más allá de su propio hedor mortecino, consigue colarse por debajo de un portal. Pisa un campo verde y recortado, lleno de pequeñas gotas de rocío. Las piernas apenas le responden y la peste de la muerte le nubla la vista. El zorro rojo cae, y tras una serie de respiraciones cada vez más lentas, muere a escasos cincuenta metros de Alejandro.

El niño, como acostumbra, se sienta desconsolado ante la cristalera del jardín, mirando como la condensación de  la mañana forma gotas en el vidrio que se pelean por comerse unas a otras para precipitarse cada vez más rápido hasta el suelo del jardín. Por lo general, estaría así indefinidamente, hasta que el despertador de su padre despertara un miedo incoherente que lo lleva a meterse en cama y hacerse el dormido. Esta vez, sin embargo, es una gota la que le da el aviso. Siguiéndola con la mirada, ve al zorro deformado entre las gotas. Todavía no sabe lo que es. Soltando por fil el cojín, se levanta y abre con cuidado la cristalera, saliendo descalzo al frío césped.

Acurrucado, el cuerpo del zorro comienza a enfriarse. Si alguien viera a través del cadáver, sería testigo de la cristalera abriéndose y un niño caminando hacia él. Pero la muerte no entiende de visión y no tarda en demostrarse. El pelaje se ve feo por los años, aplastado por la humedad y apagado por la vil huida de la vida. La hierba parece peinar el pelo de su cola, mientras es arrastrada en sus últimos metros hacia el río.

Alejandro, sin apenas haberlo pensado, lleva al zorro en brazos, a veces levantado y a veces arrastrándolo, o como pueda. Malamente soporta el peso. Sabe que es un zorro por algún libro de dibujos, pero nunca había visto uno de verdad. Al llegar a la orilla, sudando y con dolor en el pecho por el aire frío, lo tira al suelo y se sienta a su lado. Algunos pájaros cantan por fin y la niebla empieza a disiparse. Mira a su casa, donde duermen sus padres. En ningún momento se pregunta porque el zorro está muerto, o porqué ha llegado allí. Al verlo, le fascina su soledad, y algo así como todo lo que ese zorro ha vivido. Lo acaricia, colocando su pelaje rojo en orden. Después, se levanta y vuelve a la cristalera, la cierra, y se sienta, agarrando su cojín.

A través del vidrio, a lo lejos, mantiene la mirada fija. Después, con el sonido la alarma, Alejandro vuelve a la cama.

domingo, 5 de junio de 2011

El presente irregular del verbo del huérfano

Cuando salí de la biblioteca aquella tarde nadie me había avisado de lo que iba a suceder. Evidentemente ninguno de mis amigos se acercó para decirme ‘’Por cerca de A Novena Porta, irás mirando para las nubes, para variar, y cuando bajes la vista, allí estará ella.'' El puntilloso de la pandilla tampoco añadió ''Y de banda sonora The Smiths con What Difference Does it Make?'' Para añadir un poco de rintintín al asunto. En realidad sería lo mismo aun habiéndome advertido, no habría hecho ni caso. El futuro no existe, solamente es la anestesia de un presente irregular.

Total, que salgo de la biblioteca, y sin saberlo allí voy yo, escuchando a The Smiths, mirando para el cielo y a las balconadas, inconsciente de que en unos segundos voy a bajar la vista y enamorarme, sin entrar ahora en debates de amor a primera vista, estereotipos o apariencias que engañan. En estos casos no le queda hueco al cerebro para pensar en todas esas minucias.

Fue en el cruce con la Rúa das Orfas, justo después de ver en una de esas galerías y balconadas un cartel de ‘’Se alquila’’. Pensé lo mucho que me gustaría vivir allí y entrecerré los ojos para tratar de ver el número de teléfono, impedido por el reflejo del sol de las siete en el cristal. Me pregunté entonces cuánto costaría y la mirada bajó de las nubes, directa al suelo, al material mundo real.

Pero a ti, a ti no esperaba verte porque nadie me avisó. Menos aún contaba encontrarte en plena caída desde las nubes. Y allí estabas, sentada en el borde de un escaparate mirando a un punto indeterminado en el que justo, en ese instante, me crucé yo. Que la mirada de dos personas choque simultáneamente y sin querer, en ese extraño momento en que ambos vuelven a la realidad, es doloroso. De los pocos dolores que disfruto; te da medio infarto y no te enteras de nada, tu cerebro se pone de marcha tan de golpe que sobrepasa la velocidad de la realidad, ocurriendo muchos efectos especiales y parafernialas hollywoodienses.

Entonces me haces consciente de tu aspecto, que enmarcando esos iris anaranjados, me salvaron del infarto completo. Eres mujer chulesca, bohemia, directa. De piel pálida y labios finos. Con peinado parisino, chaqueta de punto hippiesca, falda larga de artista abandonada en el siglo de los poetas. De senos menudos, graciosos, infantiles. Cadera estrecha sin muchas ganas de sembrar semillas. Eres mayor que yo y es probable que te rías de mí por dentro, me aterras.

Y sin embargo lo veo, me acerco con el estúpido pretexto de que mires el número de ese piso del que acabo de caer. Y tú no contestas, coges un teléfono y llamas. Me das la mano, que es huesuda y delicada, y yo me derrito y te sigo como una leve corriente de aire. Te acercas a la puerta del estrecho edificio para llamar tres veces. Trescientos años más tarde se asoma una señora en mandil de cuadros, muy vieja y podrida. ‘’Subide, subide, que a luz é perfecta’’.

Abres la entrada con decisión, y yo te sigo. El rellano cruje. Dentro no hay muebles, no hay puertas, no hay nada más que aire y brillo. Hay unas cortinas, y por supuesto estás tú. Huelo la humedad. Te desnudas y extiendes tu larga falda en el suelo, tu chaqueta hippiesca, tu camisa gastada...  El lecho perfecto.

Para entonces es la tercera vez que tuerzo mi mirada hacia ti, que ya no me miras, y yo sigo alejándome por la Rúa das Orfas, sintiendo ahora su significado, tú significado, que me aterra, y mi estupidez, que me entierra.

‘’Díselo... da la vuelta. Díselo. Dilo, no te asustes. Vuelve. Da la vuelta, díselo, díselo, díselo. No camines más...’’

Entonces decidí.

sábado, 7 de mayo de 2011

La relatividad de las palomas

Santiago de Compostela, 7:44 de la tarde, dos palomas se posan sobre el tendido eléctrico, encima de una terraza al lado de la casa de la Troya, en la zona vieja. El lugar, la hora, los personajes, podrían haber sido cualquiera, las especies, sin duda, tendrían que ser las mismas. Al menos una de ellas.


-      Argh... Es que no las puedo soportar.
-          Bueno, bueno... no será para tanto.
-          Es que me dan un asco.
-          A mí mientras no me toquen...
-          Ya, pero no es solo eso. Están por todas partes, son una plaga. Que si en los parques, en las iglesias, en las calles, en las plazas... Peleándose por cualquier migaja de pan, atraídas por metales brillantes. Miralas... Revoloteando de aquí para allá, sin parar, con esos andares...
-          Yo creo que es manía tuya. Son unas criaturas más. Si están por todas partes, será porque le han ganado la carrera a la evolución.
-          Bah... ¿Evolución, le llamas tú a eso evolución? Fíjate; unas todas emperifolladas, con el pecho hinchado y el caminar severo, y sin embargo otras, en cualquier esquina de la calle, sucia, apagada, luciendo penurias y muñones para despertar lástima y sacarse una migaja.
-          Bueno, eso también nos pasa a nosotras, cual más cual menos.
-          Ya... ya. ¿Y qué me dices de lo que ensucian? Lo manchan todo. La calle, el suelo, los parques... ¡Y los coches, que me dices de los coches! ¡Qué horror! Cualquier día nos ahogaremos en sus desperdicios.
-          Y dale... Eso como todo en la vida, hay de todo. No vamos a generalizar.
-          ¿Generalizar? ¿Quiénes están más generalizadas que ellas? Aglutinadas no solo en su suciedad... Son nidos de enfermedades. Las que están mal, las recluyen, las juntan y si alguna se recupera, lo hace para seguir contagiando a las siguientes. Infecciones, parásitos, virus, bacterias... lo llevan todo en su piel, en su cuerpo y en sus excrementos. Es parte de ellas.
-          Bueno... nosotros también tenemos lo nuestro.
-          Si... ¿Pero las perseguimos? ¿Las perseguimos? ¡Había que acabar con ellas!
-          Tranquila...
-          Es que... tú aun no has visto nada. Eres muy joven... Todavía no sabes de lo que son capaces las personas.

viernes, 29 de abril de 2011

Frío


Todavía recuerdo el espanto de aquella noche. Había llegado a Varsovia dos días antes, y me alojaba en una pequeña pensión situada en un ‘’barrio trasero’’: Oscuro, apartado pero tranquilo. Sin embargo no me atrevía a bajar de mi cuarto más allá de las diez de la noche.
Con la única compañía del insomnio, alimentado por la nueva cama, el nuevo clima y el cumulo de diferencias de esta nueva etapa, había empujado la pequeña cómoda de contrachapado a enfrente del balcón, y por segunda noche consecutiva me sentaba cual indio sobre ella, observando la nada de la calle, que de alguna extraña manera me sobrecogía.

Hacía un frío de mil demonios, de eso no hay duda. De vez en cuando tenía que abrir una pequeña mirilla en la condensación de los cristales, y fue al abrir una de estas cuando vi una figura irrumpir en aquel escenario vacío.

Parecía una mujer muy vieja, una anciana que ya había visto a la tarde sentada en el suelo, mirando para un banco con cara inexpresiva, como si repudiara de él. Había permanecido allí hasta ahora, y estaba tan quieta que me había olvidado de su presencia.

Pero ahora se movía, seguramente a causa del frío. Recorría la calle en zig-zag, recogiendo como una autómata algún que otro cartón, aquí, restos de un palé en una pequeña obra, unos carteles pegados en el muro de una casa abandonada. Los iba recogiendo de uno en uno, con gesto de hormiga, y los acumulaba al lado del banco. Arrancaba un poster, lo dejaba, volvía, arrancaba otro. Me preguntaba por qué no cogía más a la vez. Lo mismo con los cartones de la calle.

No entendía por qué lo hacía así. Estaba claro que estaba preparando una hoguera, y sus movimientos temblosos y lentos parecían indicar que la anciana a penas podía soportar ya el frío de la madrugada. Quizá hacía más viajes para espabilar el cuerpo, y aprovechar más el calor. Supongo que me equivocaba.
Pasó recogiendo papeles quien sabe que eternidad. Había dejado la calle limpia, y tenía una montaña de restos que podrían arder casi toda la noche. Sin embargo ella seguía buscando donde ya no había.
Estaba tan absorto en sus movimientos que no sabría decir cuanto tiempo pasaba. Tenían algo que me fascinaba, que no acababa de comprender. Cuando paró, cuando se sentó de nuevo en el suelo, con el banco a un lado y el montón de papeles al otro, dejó de ser una vez más personaje para convertirse en escenario. Si un nuevo espectador se sentara en el balcón de al lado, vería una calle oscura, apartada y tranquila.

Pero yo podía verla. Quieta junto a su hogera apagada, mirando para ella resignada, con la mirada vacía. A veces tenía la sensación de notar sus temblores, pero no podría asegurarlo. Lo que sé es que el simple hecho de verla me helaba la sangre.

En algún momento, me dormí, o eso creo, porque perdí totalmente la noción el tiempo, y al recuperarla el sol de la mañana me daba en la cara. En sueños, volvía a verla a ella, desde el mismo balcón. Entre sus manos se encendía una pequeña llama, y se volvía a apagar. Así una y otra vez, todo el sueño. Sin llegar a encender nunca la hoguera.

Al volver en mi, busqué rápidamente a la vieja en la calle, que ahora aparecía menos sombría y con más movimiento. Apartando los cartones vi a dos policías.

Cuando bajé ya se había formado un pequeño corro alrededor. Tras preguntar varias veces intentando encontrar a alguien que hablara inglés, un hombre gordo y rosado me lo dijo. La habían encontrado muerta los basureros, hace unas horas. Al parecer llevaba, por lo menos, dos días muerta. De hipotermia.


The_lady_and_the_tramp_by_acidmaker