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domingo, 14 de agosto de 2011

La Edad del Plomo.


 Marucha es un cliché andante de la falta de atractivo. No solo eso, sino que como cliché llega a los más altos extremos. Físicamente poco agraciada y de vida aburrida, le es difícil saber por dónde empezar a narrar sus desavenencias. Cincuentona, gorda y con hiperhidrosis; no tiene la pobre muchas luces, pero si las suficientes para ser reflexiva en cuanto a minar su autoestima. Es alegre, por supuesto, y ligeramente extrovertida, pero no lo suficiente. Está irremediablemente soltera, desde siempre. Por ahí hubo algún novio, pero dios nos libre de que se atara a esos seres.

Lleva exactamente veintiséis años trabajando en un supermercado, debajo mismo de su piso, toda una comodidad. Nunca recibe visitas, pues ya despacha sus conversaciones entre compra y compra en la caja. Y no, no vive con gatos, ahí rompe el cliché una serie de desafortunadas alergias que van de los ácaros al chocolate, pasando por el pelo de los animales. Aun sin chocolate cayó en la diabetes, pero se controla bien. Lleva colonia de bebés, también desde tiempos inmemorables, paradojas aparte.

Lee el Hola y el Diez Minutos; le aburren soberanamente. Le aburre prácticamente todo. La televisión, que ve unas cuatro horas al día.  Duerme diez horas, aunque la cama también le produce hastío, a no ser que sueñe, cosa que cada año que pasa hace menos. Otras ocho horas se le van en el supermercado. Así suman veintidós. Entre las comidas y la ducha de por la mañana, se le va otra hora. Veintitrés.

A Marucha, todos los días, le sobra una hora. Dicho de otro modo, Marucha podría vivir una hora al día. Es la hora donde a veces piensa y se destruye la autoestima. Suele acompañarla de un café y las vistas urbanas de la ventana de la cocina. Clin, clin, clin, clin... la cucharilla como único sonido. Es el momento en que se ve sola y se da cuenta de su edad. Clin, clin, clin, clin. A Marucha la palabra edad le parece de metal, y cada año que pasa es de un metal más pesado. Creyéndolo ingenio, le sale una mueca de risa neurótica pensando en su ‘’Edad del Hierro’’ o su ‘’Edad del Bronce’’. Prácticamente iguales en acontecimientos, sin embargo el peso no es el mismo. Como el suyo.

Marucha no se reprocha mucho, no tiene manías ni es excesivamente criticona o maruja. Se permite, eso sí, quejarse de que nunca le pasa nada, como si algún día llegara esta reclamación a la providencia, que todavía no sabe que una cincuentona de noventa y seis kilogramos existe en algún lugar del mundo. Su nombre entrará cualquier día en un diccionario de sinónimos acompañando a doña Rutina. Ese chiste mismo le hizo a Braulio, el carnicero del súper.

‘’Marucha, para que te pase algo tienes que salir a la calle mujer. ’’

Como hace sol, Marucha hace caso al carnicero, decidiendo que su hora del día la dedicará a pasear, aunque luego note en falta el café. No espera que le ocurra algo, ni mucho menos. Pero se decide, como si fuera una suerte de pequeña aventura. Por chinchar a la rutina.

Para la hora de su paseo ya está nublado, e incluso chispea. Marucha suspira, pero como no gusta de cambiar sus decisiones, se decide a salir. Piensa en Braulio y en darle las gracias por la novedad de su semana, la gripe que va tener mañana. Se jacta de su propio ingenio. Camina, camina, camina. Se le pega el pelo a la frente y la camiseta al cuerpo. Eso la hace consciente de las extrañas dobleces que sigue la línea de su cuerpo.  No es muy favorecedor. Las calles están casi vacías. En el exacto momento en que se pregunta cómo le va a suceder algo con ese panorama, comienza a darle patadas a una bola de papel. Le parece divertido, se olvida del café, de la palabra edad y de su clan, clan, clan, clan metálico.

Tras unas patadas a su improvisada pelota, se fija que está azulada. Qué maravilla, tinta. Abre curiosa el papel, sabiendo que será una lista de la compra, por eso de la ironía. Al principio hay un par de palabra ilegibles. Luego prosigue.

‘’... querida desconocida. Yo también soy un desconocido. Sería curioso dejar de serlo. Por detrás está mi dirección. ’’

No se lee entero el nombre de la calle, emborronado, pero lo deduce. Calcula la distancia, que no es mucha. Mira de nuevo al papel. Le parece raro. Le invade una sensación que desconoce, pero en ningún momento se plantea ir. Marucha vuelve a casa empapada, y se va a la ducha. El papel, sin embargo, se lo lleva a casa, queriendo o sin querer, contenta de tener algo curioso que contar mañana en el súper.

Al día siguiente, Marucha vuelve a casa de trabajar. En algún momento se encuentra la nota. Al final no se acordó de contárselo a nadie. Sin saberlo ya había decidido, ¿iba a ir a ‘’la cita’’? Hasta es posible que la providencia se acordara de la gorda cincuentona. Sí, dedicaría su hora de vivir a vivir. La idea le asustaba y excitaba, planteándose qué incluso se podría saltar las cuatro horas de la tele, ya puestos. Solo por curiosidad, por ver quién dejaba caer esas excentricidades por la calle. Aun pasando por el mal trago de tener que espantarlo, porque nadie en su sano juicio soñaría con que la desconocida  de ese soñador fuese Marucha.

Cogiéndola desprevenida, una ligera llovizna vuelve a acompañarla por el camino, pero finalmente Marucha se planta en el portal. Abre la nota de nuevo, 5ºB. Se lo piensa un segundo y timbra. Tardan en contestar. Piensa, por un momento, que ya la han visto por la ventana y se estarían haciendo los suecos, o riéndose de ella. No tarda en darse la vuelta para huir cuando, no cabría duda, hablan por el altavoz del portero automático. ‘’ ¿Sí?’’. Marucha se queda quieta, pero no piensa responder. Ya decidió marcharse. No se mueve. Espera. La voz suena de nuevo. ‘’Eres mi desconocida, ¿no?’’ Es una voz hermosa. Madura. De buena persona, se atreve a pensar Marucha, sintiendo un extraño vértigo que la atrae hacia el portal.

A penas le quedan quince minutos de su hora de vivir. Un joven se acerca a su silla, y le pone el café que acaba de pedir. Marucha mira por la cristalera al paisaje urbano. Abre el sobre del azúcar, y lo derrama entero dentro de la taza, tomándola con la diabetes. A pesar de todo, ahora se siente algo viva por romper la rutina. Toma la cucharilla. ‘’Clan, clan, clan, clan’’ le responde. Como en la Edad del Plomo, Marucha se hunde con el peso de sus años.

viernes, 12 de agosto de 2011

Niebla roja.


Los primeros ruidos de la mañana despertaron la premonición de fatalidad en algún rincón, entre los genes y el instinto, de un zorro rojo de siete años que ha sobrepasado con creces el tiempo que le podía brindar la naturaleza. El hambre, la edad, alguna enfermedad, o una mezcla de todo esto están a punto de llevarse a este astuto ser.  A los zorros no les persiguen encapuchados con guadañas ni mujeres tejedoras o velas que se apagan. La muerte se percibe desde dentro, y este viejo ya puede notar con antelación cierta putrefacción, un poco más de atrofia y un insalvable olor a falta de vida que apenas le permitió echarse a dormir con el final de la noche.

En ese instante, un niño, también de siete años, pero con mucho menos vivido y mucho más por vivir, se levanta de cama con las primeras luces del alba, aunque el detonante no ha sido más que una pesadilla. Alejandro tiene siete años. Vive en un chalet de verano con sus padres, que lo tienen en un pedestal. Alejandro, sin embargo, a pesar de su corta existencia, quizás cosa de los genes, o del instinto, vive totalmente desligado de sus progenitores. De alguna manera él lo sabe, aunque los mayores no lo sospechen. Ya tiene edad para comprender lo buenos que realmente son, y lo bien que lo tratan, pero simplemente, las cosas son así. Se sabe solo en el mundo, de alguna manera. En parte de ahí le vienen las pesadillas. Jamás las recuerda. Se despierta empapado en sudor, pero no grita ni entra en pánico. Se siente tremendamente apartado de todo, vacío... aunque todavía no acaba de entender esas sensaciones.

Ávido por el principio del fin, el zorro rojo detona la última carga de vida .Se levanta todavía enérgico y comienza su marcha, bosque abajo, hacia el valle, donde desemboca el río. Quizás lo mueve el instinto natural de la transformación, de la descomposición que camina de la mano con la humedad, o simplemente se deja arrastrar por la sed del último aliento. Sin importarle mucho, entra en una pista de gravilla, y la sigue, siempre hacia abajo. Donde ellos viven.

Alejandro baja las escaleras que separan los dormitorios del resto de la casa. Cuando alcanza el primer descansillo, mira por unos instantes la puerta del cuarto de sus padres. El no acude a su bunker  de sábanas cuando tiene pesadillas. Nunca lo ha hecho y lo desconoce. Agarrando un cojín estampado con un personaje de dibujos, baja todavía medio dormido cada peldaño, y se dirige al salón, inundado por una luz grisácea que se filtra entre la niebla matutina.

Al final de la pista de gravilla, el zorro apura sus últimos pasos tambaleante. Lejos de encontrarse el río, da con un montón de piedras amontonadas y hierros verticales. Muros y más muros de chalets que cercan las vistas a la desembocadura. Olisqueando más allá de su propio hedor mortecino, consigue colarse por debajo de un portal. Pisa un campo verde y recortado, lleno de pequeñas gotas de rocío. Las piernas apenas le responden y la peste de la muerte le nubla la vista. El zorro rojo cae, y tras una serie de respiraciones cada vez más lentas, muere a escasos cincuenta metros de Alejandro.

El niño, como acostumbra, se sienta desconsolado ante la cristalera del jardín, mirando como la condensación de  la mañana forma gotas en el vidrio que se pelean por comerse unas a otras para precipitarse cada vez más rápido hasta el suelo del jardín. Por lo general, estaría así indefinidamente, hasta que el despertador de su padre despertara un miedo incoherente que lo lleva a meterse en cama y hacerse el dormido. Esta vez, sin embargo, es una gota la que le da el aviso. Siguiéndola con la mirada, ve al zorro deformado entre las gotas. Todavía no sabe lo que es. Soltando por fil el cojín, se levanta y abre con cuidado la cristalera, saliendo descalzo al frío césped.

Acurrucado, el cuerpo del zorro comienza a enfriarse. Si alguien viera a través del cadáver, sería testigo de la cristalera abriéndose y un niño caminando hacia él. Pero la muerte no entiende de visión y no tarda en demostrarse. El pelaje se ve feo por los años, aplastado por la humedad y apagado por la vil huida de la vida. La hierba parece peinar el pelo de su cola, mientras es arrastrada en sus últimos metros hacia el río.

Alejandro, sin apenas haberlo pensado, lleva al zorro en brazos, a veces levantado y a veces arrastrándolo, o como pueda. Malamente soporta el peso. Sabe que es un zorro por algún libro de dibujos, pero nunca había visto uno de verdad. Al llegar a la orilla, sudando y con dolor en el pecho por el aire frío, lo tira al suelo y se sienta a su lado. Algunos pájaros cantan por fin y la niebla empieza a disiparse. Mira a su casa, donde duermen sus padres. En ningún momento se pregunta porque el zorro está muerto, o porqué ha llegado allí. Al verlo, le fascina su soledad, y algo así como todo lo que ese zorro ha vivido. Lo acaricia, colocando su pelaje rojo en orden. Después, se levanta y vuelve a la cristalera, la cierra, y se sienta, agarrando su cojín.

A través del vidrio, a lo lejos, mantiene la mirada fija. Después, con el sonido la alarma, Alejandro vuelve a la cama.

lunes, 18 de julio de 2011

Azul, blanco, rojo.

Esa noche los muebles se retiraron a las habitaciones, y las paredes del salón, viejo pero amplio, se recubrieron con sábanas blancas, tras las que se colocaron algunas luces, blancas y azules. Como única decoración, un pequeño robot de latón colgado de la bombilla del techo, roja.

‘’Fiesta Crystal Castles. De 1 a.m. hasta que se acabe la música. ’’ Ni una palabra más.

A la 1 a.m. el salón está abarrotado. Casi todos se acercan en pequeños grupos, pero entre el volumen y el ambiente la gente acaba dispersa en un estado enérgico-amnésico de melopea mental-musical. Él, nuestro protagonista, al que llamaremos Anónimo, entra ligeramente borracho y moderadamente tímido en el piso a la 1:13 a.m. Pasa, pasa, por ahí. ¿Por ahí? Sí, sigue la música. Vale. Por fin, entra a través de la cortina que cubre la puerta del salón. La timidez de Anónimo se dispersa con Untrust Us y al sonar Empathy se deja ir. Su mente entra en blanco, en azul y en rojo, y se mueve con cada uno de estos colores. Movimiento y roces.

Hace mucho calor y las sábanas condensan cualquier intento de corriente. Anónimo todavía tarda unas cuantas canciones en darse cuenta.  Casi todos sudan, bailan. Por un segundo vuelve a pensar, se da cuenta de que su cuerpo arde, rozando lo febril. Exactamente en el momento que empieza Suffocation y se abandona a un vaivén enfermizo. Tiene la lengua de trapo, pegada al paladar, seco. Alguien, qué más da quien, le ofrece un vaso y bebe. Y baila. Y bebe. Todos lo hacen. Y bebe el baile. Todos arden. Todos lo hacen.

Se siente vivo y muerto al mismo tiempo, unido al mundo y completamente a parte de este, volando en una nube indefinible que parece que nunca vaya a acabar. La música se apaga, alguna luz también, se escuchan de nuevo, fugazmente, algunas voces y portazos, pasos y finalmente ecos. Oídos en stand by. Fin.

Tiempo después llega el silencio a la consciencia de Anónimo, al que todavía acompaña el eco de Violent Dreams, y que vive un estado de vigilia semicomatoso desde Suffocation.  El mundo real retorna poco a poco a sus neuronas. Qué hora será, piensa, asqueándose al notar el sabor de su respiración en la boca. Sentado, observa su alrededor, sorprendido de estar el solo en aquella habitación tan extraña, tan vacía; blanca, azul y un poco roja.

Trata de incorporarse, haciéndolo con un dolor vago, general. No hay nadie, pero siente una extraña necesidad de salir de allí de inmediato. Quizás está volviendo la timidez. No, es algo malo, mucho peor, se dice.

Desorientado, se levanta tambaleándose; la cabeza le da vueltas. Ve como las firmas y palabras que la gente escribió sobre las sábanas dan vueltas y se emborronan. No me falles cabeza. Sujetándose en una de las telas, vuelve a lo que parece la normalidad; trata de localizar la salida, que no termina de ver.
Otro mareo. Prueba a tantear a través de las sábanas, dando continuamente con la pared. El sudor frío atrapa el flequillo en su frente y cientos de pequeñas moscas invaden la periferia de su visión. Otro puto mareo, me tengo que sentar, se dice en alto. A duras penas se deja caer, y se queda mirando al techo, viendo vagamente el destello rojo de la bombilla. Su respiración se vuelve el centro del universo.

Pasa un tiempo, indefinidamente eterno. Suficiente para preocuparlo. Empieza a ver de nuevo, del centro a la periferia. Distingue la tenue bombilla roja. Pestañea. Ve al robot. Pestañea. Ve al robot colgado de la lámpara. Pestañea, dándose cuenta de que ni se había fijado en él. ¡Parece que este ahorcado joder! Ve al robot sonriendo. Pestañea. Ve al robot sonriendo más. Pestañea y se sacude la cabeza. Ve al robot, que no sonríe, con su boca cuadrada. Aprieta bien los ojos a la vez que un  escalofrío le sube por la espalda; lo espabila y se levanta de nuevo. Se tambalea. Se acerca a las sábanas y vuelve a tocar pared, y pared, y pared. De vez en cuando siente la necesidad de mirar detrás de él. Cree que algo no va bien.

Tantea las sábanas largo rato sin éxito, empezando a pensar que ya ha dado un par de vueltas a la misma habitación. Empieza a sudar de nuevo, se angustia. La tela se aparta, por fin. Mira hacia atrás, y nota que el robot ya no está enganchado en la bombilla. Se asusta y corre antes  de mirar hacia adelante, y choca con la pared. Anónimo cae.

Tirado en el suelo palpa de nuevo el punto donde chocó. La salida, susurra. Se vuelve de golpe hacia la bombilla, y ve de nuevo al robot colgando, con su cara inerte. Relájate cabeza. Relaja. Se sienta y aprieta los muslos con las manos, tratando de respirar hondo. Inspira. La luz azul ilumina su cara, completamente empapada en sudor. Anónimo tiembla febril y a penas se da cuenta. Empieza a relajarse. Los parpados se acompasan con los pulmones, y pesan.

Suena, sin previo aviso, I’m made of Chalk. Anónimo se asusta y se marea. Pierde la consciencia. Sueña que está en esa misma habitación, que el robot le sonríe, a pesar de que trate de pestañear con todas su fuerzas. Intenta salir, mira para atrás y el robot no está en el techo. Corre y choca contra la pared. Taquicardia. No ve nada, pero nota que algo se le acerca. Le duelen los ojos. Le arden, todos es blanco, azul y rojo. Despierta sobresaltado, la canción sigue sonando.  Blanco, azul y rojo.

Anónimo trata de levantarse, pero no tiene fuerzas. Mira al robot con verdadera certeza de que algo va a ocurrir. Alcanza un rotulador permanente que hay tirado a su lado. Escribe en el suelo. ‘’Es el robot. Los ojos. ‘’ Mira a las dos pequeñas bombillas que tiene por ojos. Rojos. Pestañea y lo ve sonriendo como antes. Mantiene la mirada, sin pestañear. Definitivamente está sonriendo. Pestañea de nuevo, sigue sonriendo. La canción termina.

Se escucha ruido de llaves, a lo lejos. También se oyen unas voces. Alguien entra. Dos personas. Anónimo intenta decir algo, pero tiene la boca pastosa, y en vez de palabras una gran náusea le recorre la garganta. ‘’Estoy muerto. ’’ Escucha a lo lejos. Después pasos, ruidos, grifos, puertas, pasos, puertas de nuevo, y silencio. Anónimo vuelve la vista al robot. Se apagan las luces.

Al medio día, retiran las sábanas de las paredes del salón, que van directas al contenedor. Alguno de los encargados de devolver el orden al piso lee con fastidio las palabras en el suelo. Extrañado, mira a la lámpara y descuelga al robot, tirándolo dentro de una caja, con su cara inerte y su boca cuadrada.

domingo, 5 de junio de 2011

El presente irregular del verbo del huérfano

Cuando salí de la biblioteca aquella tarde nadie me había avisado de lo que iba a suceder. Evidentemente ninguno de mis amigos se acercó para decirme ‘’Por cerca de A Novena Porta, irás mirando para las nubes, para variar, y cuando bajes la vista, allí estará ella.'' El puntilloso de la pandilla tampoco añadió ''Y de banda sonora The Smiths con What Difference Does it Make?'' Para añadir un poco de rintintín al asunto. En realidad sería lo mismo aun habiéndome advertido, no habría hecho ni caso. El futuro no existe, solamente es la anestesia de un presente irregular.

Total, que salgo de la biblioteca, y sin saberlo allí voy yo, escuchando a The Smiths, mirando para el cielo y a las balconadas, inconsciente de que en unos segundos voy a bajar la vista y enamorarme, sin entrar ahora en debates de amor a primera vista, estereotipos o apariencias que engañan. En estos casos no le queda hueco al cerebro para pensar en todas esas minucias.

Fue en el cruce con la Rúa das Orfas, justo después de ver en una de esas galerías y balconadas un cartel de ‘’Se alquila’’. Pensé lo mucho que me gustaría vivir allí y entrecerré los ojos para tratar de ver el número de teléfono, impedido por el reflejo del sol de las siete en el cristal. Me pregunté entonces cuánto costaría y la mirada bajó de las nubes, directa al suelo, al material mundo real.

Pero a ti, a ti no esperaba verte porque nadie me avisó. Menos aún contaba encontrarte en plena caída desde las nubes. Y allí estabas, sentada en el borde de un escaparate mirando a un punto indeterminado en el que justo, en ese instante, me crucé yo. Que la mirada de dos personas choque simultáneamente y sin querer, en ese extraño momento en que ambos vuelven a la realidad, es doloroso. De los pocos dolores que disfruto; te da medio infarto y no te enteras de nada, tu cerebro se pone de marcha tan de golpe que sobrepasa la velocidad de la realidad, ocurriendo muchos efectos especiales y parafernialas hollywoodienses.

Entonces me haces consciente de tu aspecto, que enmarcando esos iris anaranjados, me salvaron del infarto completo. Eres mujer chulesca, bohemia, directa. De piel pálida y labios finos. Con peinado parisino, chaqueta de punto hippiesca, falda larga de artista abandonada en el siglo de los poetas. De senos menudos, graciosos, infantiles. Cadera estrecha sin muchas ganas de sembrar semillas. Eres mayor que yo y es probable que te rías de mí por dentro, me aterras.

Y sin embargo lo veo, me acerco con el estúpido pretexto de que mires el número de ese piso del que acabo de caer. Y tú no contestas, coges un teléfono y llamas. Me das la mano, que es huesuda y delicada, y yo me derrito y te sigo como una leve corriente de aire. Te acercas a la puerta del estrecho edificio para llamar tres veces. Trescientos años más tarde se asoma una señora en mandil de cuadros, muy vieja y podrida. ‘’Subide, subide, que a luz é perfecta’’.

Abres la entrada con decisión, y yo te sigo. El rellano cruje. Dentro no hay muebles, no hay puertas, no hay nada más que aire y brillo. Hay unas cortinas, y por supuesto estás tú. Huelo la humedad. Te desnudas y extiendes tu larga falda en el suelo, tu chaqueta hippiesca, tu camisa gastada...  El lecho perfecto.

Para entonces es la tercera vez que tuerzo mi mirada hacia ti, que ya no me miras, y yo sigo alejándome por la Rúa das Orfas, sintiendo ahora su significado, tú significado, que me aterra, y mi estupidez, que me entierra.

‘’Díselo... da la vuelta. Díselo. Dilo, no te asustes. Vuelve. Da la vuelta, díselo, díselo, díselo. No camines más...’’

Entonces decidí.

domingo, 27 de febrero de 2011

Cry me a river


      - Dime, ¿me quieres?

Ella no responde y se levanta, con sus pies descalzos, caminando por la arena hasta el alfeizar de la ventana, donde brilla tímidamente el viejo gramófono. Le da la vuelta al disco y suena una de esas canciones  que jamás podré olvidar. Vuelve andando por la arena y se sube a la cama, que bajamos anoche a la orilla entre risas alcohólicas y susurros acalorados.

 El momento era tan absoluto, tan mágico, que entonces me puse a llorar. No de alegría, ni exactamente de tristeza. Me dio pena el futuro. La brisa se me clavaba en los oídos y la canción prácticamente me perforaba. Tú me miraste contrariada y me sonreíste, todavía sin decir nada. 

Al sol del medio día comimos sobre la cama, en esa playa desierta. La cama se lleno de migajas y alguna que otra mancha. A la tarde los chillidos de las últimas gaviotas nos mandaron recogerlo todo. Todo.
Esa noche el coche era especialmente silencioso, agradable, infinito. Cada curva de la carretera nos mecía con suavidad. Parecía que aquellas 24 horas eran la eternidad, lentas, suaves, cálidas, perfectas. Pero pasaron.

Los siguientes días, las siguientes semanas, los siguientes meses, los últimos años. Lo demás fue decadencia. Una lenta, suave, cálida y perfecta decadencia. Nunca pasaba del todo.

El viaje hacia la infelicidad fue silencioso, infinito. 

Cada vez que escucho aquella canción, cuando le das la vuelta al disco, veo tus pies descalzos hundiéndose en la arena, tus piernas infinitas, tu boca cerrada.

Tus labios sellando nuestro futuro.

miércoles, 26 de enero de 2011

La Chalada

Yo soy la Chalada. Y tú eres tú. La gente como tú, seas de los malos, de los buenos o de los demás, son los que empezaron a llamarme así. Creo que empezaron los malos, pero yo me enteré por los buenos. Que ahora yo me llame a mi misma por este mote puede resultar curioso, pero ha pasado casi sin querer. Empiezas usándolo de chiste con amigos, para acabar bromeando contigo misma, hasta que de pronto pasa. Te percatas un día, sin más. No al decirlo en alto con otra gente, sino al utilizar ese nombre para pensar en ti misma.

Me acuerdo muy bien del día en que me di cuenta. Estaba en la parada del autobús urbano, en la Plaza de Galicia. Como es habitual en mi, esperaba paseando de un lado a otro y estaba en la inopia, no sé si en blanco, o pensando en mis cosas. En resumen, llegó el autobús, me subí, y tras meterse por varias calles equivocadas, caí en la cuenta de que me había subido al autobús como un robot, sin tan siquiera mirar cual era. Primero mi cabeza buscó algunas justificaciones tontas de porque mi autobús estaba yendo por donde no era, pero, evidentemente yo la que no iba en la línea correcta. Entonces mi cabeza dijo.

- ¡Chalada! ¡Estás tonta!

Y desde ese momento yo mi misma me nombro así. Hubo que asumirlo sin más. El único que se resiste, y a duras penas, es mi documento de identidad, y quien sabe, cualquier día lo cambio. Bromas aparte, está claro que le he cogido cariño al mote. Me da la impresión de que me coloca en el mundo, dándome, en cierto modo, una personalidad extra (o, por sus connotaciones, incluso más). Puedo sentirme incluso una suerte de antihéroina de lo rutinario.

Como todo apodo, tiene un origen, aunque a pesar de lo interiorizado de este, apenas se remonta unos años atrás. No viene de la infancia, ni muchos menos. Me lo pusieron en el barrio. Supongo que al poco de mudarme aquí. Cuando salí del manicomio de Conxo, me habían encontrado un trabajo a media jornada en esta calle, y decidí alquilar un piso en la misma. Lo del manicomio es otra historia, y la verdad, tampoco tiene mucha relación con mi apodo. Al menos directamente.

Lo de Chalada, al menos es a la deducción que llegué con Laura, es por mi aspecto. Laura es mi compañera de caja en el supermercado. En resumen se podría decir que doy imagen de loca. La verdad, nunca había considerado que existiese un ''aspecto de loco'' en particular, pero lo acabé entendiendo.

Tengo cuarenta y tres años y como tantos sus arrugas. Hasta aquí no hay problema. Tengo canas. Me empezaron a salir con 20 años, y a un ritmo constante. Creo que por los agobios, pero eso también, es otra historia. El caso es que nunca me he teñido, y tampoco me preocupo mucho por la peluquería, menos aun por los tintes. No lo acabo de entender. Pintarse el pelo no  me tiene demasiado sentido. Creo que nadie se pinta la piel si no le convence su color, ¿Por qué el pelo sí? ¿Solo por el hecho de que es factible? Total, que tengo el pelo gris, rizo, y un poco disparado, porque lo tengo muy fuerte. A mi edad, al parecer, es pelo de persona loca.

También dicen que me hace más mayor.  No sé porque lo dicen, si nunca me han visto de otra forma. Laura trató de aclarármelo. Lo intentó con comparaciones con otra gente, pero no me quedó muy claro. ¿Mayor que las chicas jóvenes del barrio? Bueno, realmente, es que lo soy. Me hace de mi edad, que es lo lógico.

Pero hay más cosas. Soy extremadamente tímida y aunque eso no cuenta como imagen, algo tiene que ver. Por tímida, casi podría decir que casi nunca hablo con nadie, pero a día de hoy si tengo que hablar, hablo. Sin más. Con educación. La parte ''complicada'' de mi timidez nunca salió de Conxo. El caso es que, como nunca he desarrollado mucho mi yo social, ni he hecho las típicas cosas que ocupan las conversaciones, pues no tengo mucho que contar. Es decir, creo que no soy una persona divertida, como Laura, que siempre tiene la anécdota perfecta o el comentario apropiado guardado en la recámara. Le salen solos, como si fuera cosa de darle a un botón. Yo escucho, y por lo demás, hay hasta a quien le pareceré sosa. Supongo que por eso, y porque soy de las que cree que, cada uno a su manera debe darle un poco de alegría al mundo; lo único que se me ocurrió es vestir con colores vivos. Y a mí me gusta.

Desde que lo empecé a hacer, me da la impresión de que la gente me escucha con más predisposición a entretenerse. Pero al parecer, es otra de las razones por las que salió el mote. En palabras de Laura ''hay gente a la que, llevar más de tres colores diferentes encima, les parece una completa locura''.

Por último, pues además creo que fue la última de las razones detonantes; padezco insomnio de conciliación. Tiene que ver con las canas y con la ropa. O sea, con los agobios y la timidez. Es una historia larga. El caso es que, por una cosa u otra, me cuesta apagar el cerebro.

Desde que tengo memoria, mientras camino, me relajo. Yo creo que es porque uno aprende a caminar antes que a recordar. Así que pienso mucho menos, o, por decirlo de algún modo, pienso las cosas ''de una en una'',  cuando no me quedo  en blanco. Por eso, cuando voy por la enésima vuelta debajo del edredón, me levanto y voy beber un vaso de agua. Como no suele ser suficiente, acabo bajando a la calle a pasear. Es un barrio seguro y tranquilo. De madrugada no hay ni un alma, si acaso la de Topo, un perro que debe estar abandonado, asique no tengo reparos por bajar en bata.
En resumen, alguien debió verme y acabó por completar su opinión. Pasear cuando los demás no lo hacen, ¡qué disparate! Ese alguien lo comentó con otro, y el resto, lo de siempre.

Asique ahora yo soy La Chalada. Y tú eres tú.