viernes, 19 de julio de 2013

Lagartos de marca blanca.

Creo que tenía miedo a que el efecto 2000 me llegase con retraso, o que mi madre en algún momento encontrase una marca blanca lo suficientemente buena que me sustituyese. Desde luego me da mucho más vertigo la filosofía -materna y sempiterna- en los supermercados que en las facultades, y aunque una madre siempre compre lo mejor para los suyos, en esta casa multihijo cierto pensamiento comunista trascendió al curso normal y por ello a punto estuve alguna vez de convertirme en una versión sin lactosa de Lenin. Quiero decir, que ya no recuerdo en que sección estaba el Yo Ideal, pero desde luego dejaré de moverme en torno al Yo chuchurrío al que me acosumbraba últimamente, pan de ayer.

Me estaba quedando blanco como un producto Discount y me interesaban cosas como tomar el sol.

No, en serio (no), volviendo. ¿Y si el efecto 2000 hubiese ocurrido realmente? ¿Me apasionaría por la calceta y le pondría jerseis a todo? ¿Haría jabones artesanales en Queixeiro? ¿Mis meriendas serían queique con queso, día sí, día también?


Probablemente mi principal pasión sería ir a los caminos, encontrar un bicho, ponerme de cuclillas y mirarlo mucho tiempo -mientras está quieto por mi presencia- y esperar a que se olvide de mi, para saber como es un bicho siendo él mismo. Después irme aburriendo, sentir calambres en las rodillas, y saber que no tengo yo tanta paciencia como el bicho insinto. Seguir caminando hasta pararme delante de un escáncer, hacer lo mismo, verlo pequeño e inofensivo, y mientras cojo un palo (no era inofensivo?) preguntarme por qué de pequeño me daban tanto miedo. Tocarlo, y en cuanto ese ser lento se revuelve con furia y sale disparado fuera del camino -aterrorizado-, sentir un pequeño infarto y alejarme de allí, por si acaso, huyendo y recordando -pero sin dejar lo de huir- que los escánceres son lagartos sin patas, no son serpientes, no muerden, no tienen veneno y son completamente inofensivos.

Pero el regocijo de ese miedo infantil... ah, eso es otra historia.

jueves, 18 de julio de 2013

La metáfora simplona del consquistador sin país.



Me encontré hace tiempo con un país vacío y me dispuse a conquistarlo.
Pero todo es relativo, claro. Un país no puede estar vacío. Caminando por mis fronteras y observando el horizonte, observé ese nuevo territorio. Había bosques, caminos, animales. Contenía muchas cosas. Había gentes danzando y bailando, gentes graciosas, gentes sabias y gentes tontas. Había una música maravillosa, que guardaba una confortable sensación de familiaridad. Había unas tradiciones curiosas, amables. Era un país que quería incorporar en mí. 


Sin lanza, ni armadura, ni escudo –Yo estaba en la frontera, y estos los tenía guardados en mi morada- me lancé a la conquista. Creí llegar y colonizar. Supe pronto que era bien recibido, que sus gentes me aceptaban desde un primer momento. Me sentí un igual. Yo entonces les hablé de fronteras, de que ahora ellos formaban parte de las mías, pero que los dejaba ser libres y ser ellos, con sus músicas, sus bosques y sus tradiciones. Solo cambiaba un concepto. 

En mi primer retorno pronto me di cuenta que el concepto era insuficiente. Yo no me sentía dueño de ese país –que deseaba- , ni guardián de esas gentes ni señor de sus tierras y sus bosques. Me di cuenta porque, al volver a mi territorio mi perspectiva cambiaba. 

Asique volví sucesivas veces, siempre tan bien recibido. Conocí sus costumbres hasta que yo mismo las podía evocar en mi cerebro, sus gestos, las particularidades de su habla, que en principio me había parecido tan similar. Sin embargo, de cada vuelta a casa me invadía el mismo sentimiento. Mi frontera no dejaba de ser la misma.

Traté alguna vez de adoctrinar, de hacerles conscientes de la nueva situación, de mi conquista, de nuestra unión. Ellos sonreían y afirmaban después de un tiempo. Yo me convencía. Pero en cuanto dejaba de ver sus caras los conceptos mentales de sus cabezas ya no valían nada.

Pronto todas esas pequeñas diferencias que me atraían tanto, que nos hacían países diferentes y que a su vez despertaban mi deseo y ganas de incorporar tal país, y no otros, se me hicieron irritables; la razón de no poder mover hacia ellos, lo más mínimo, las lindes de mi territorio. Con cierto reproche extraño escuchaba sus canciones, y su cálida hospitalidad se me hacía un engaño condescendiente para retrasar mi conquista hasta un próximo intento. 

Y lo único próximo fue la obsesión.

No tardé en darme cuenta que mi cometido era inútil, y que tenía que ir a buscar al interior de mi territorio las lanzas, armaduras y escudos que llevaban años acumulando óxido y telarañas. El mío era un país pacífico, pero todos tenemos armas. Las conquistas son frutos de guerra.
Ya enfundado en mi armería, renovado, me sentí poderoso, superior. Entré orgulloso en sus bosques y los crucé triunfante, entré en sus pueblos con pose amenazadora. Allí no encontré nada. Todos habían huido, supongo. Prendí fuego a sus símbolos, planté mi estandarte, y volví a casa, sintiéndome ganador.

Pero durante muchas noches, largas e infinitas, no pude dormir.

Seguía sin entender el arte de la conquista, de la guerra. Ahora era dueño de nada.

Volví de ahí a un tiempo, a integrarme en las tierras ya vencidas, a familiarizarme con ellas. En los pueblos inhabitados, en los ríos sin ruido, en los bosques vacíos. No había personas, no había animales, y las plantas seguro intentaron huir, pero no pudieron. Por las noches, el insomnio volvía, pero ya no fruto de la impotencia, sino del miedo. Todo era extrañamente triste y desolador. Y no tardé en darme cuenta que, cuando vi la frontera por primera vez, quise ese país por alguna extraña razón que los diferenciaba del resto, y no porque no contuviera nada. Había creado un fantasma. El fantasma era mío y cualquier día me podría comer. 
Arrepentido, regresé al pueblo, arranqué mi estandarte y me volví a casa, con el orgullo vencido y algo que no podría nombrar herido por dentro. Desilusionado. Me encerré en mi morada y me olvidé de aquellas gentes. En verdad, me olvidé de mi propio país y de mis propias gentes –que en todo este narrar no han sido ni descritas, ni nombradas-. 

Pasé una época de soledad. Ya no era más dueño que de mis cuatro paredes. De nada. Fue una época larga y tardó demasiado en ser dolorosa. 

Cuando dolió, ya no entendía nada, ni a mis gentes, ni a las de aquel país, que habían vuelto a su rutina. Recelosos, me recibían, pero no compartían ya ni sus canciones, ni sus bailes, ni sus tradiciones. Las puertas de sus casas se me cerraban. Ya no era bienvenido. Sus bosques se me hacían oscuros y me recordaban los miedos vacíos allí vividos. 

Mis gentes, desatendidas, también habían acumulado recelo. Si pedía canciones, ya no las sentía tan mías. Si miraba mis jardines, ya no disfrutaba con su vista. No solo no había ganado, lo había perdido todo.
Para cuando fui aprendiendo, cuando cierta normalidad volvía dentro y fuera de mí, volví a sus tierras, arrepentido, sin mayor intención que el perdón. Las gentes, sencillas y generosas, vieron mi sinceridad y sonrieron, habiéndome perdonado. Fue una noche increíble de celebraciones. Ebrio, por fin bailé sus bailes y aprendí alguna de sus canciones, que sonaban más bellas que nunca. La oscuridad se hizo alba y el vino me devolvió a la realidad, y mientras todo volvía a la calma, vi el nuevo símbolo, el nuevo estandarte.

Extrañado, pregunté a uno de los viejos del lugar. El dijo que no entendía mucho, pero que un hombre y un montón de gentes habían pasado en las últimas épocas por aquí, y había sido maravilloso. Algunos se habían quedado, otros –de los suyos- se habían marchado. Habían aprendido muchas cosas. Juntos, construyeron un nuevo estandarte, y ahora, las gentes iban y venían de aquellas nuevas tierras. Ellos eran ahora un país grande.

Me sentí confuso, primero algo enfadado, después lleno de envidia, y finalmente triste. Verdaderamente, yo, había llegado antes. Yo había sido recibido con la mejor de las bienvenidas y la aceptación. Yo había plantado mi estandarte y lo único que logré fue quedarme sin nada.  Y es que quien soy yo para cruzar fronteras ajenas, para hablar de cosas que no existen, para conquistar, dañar y desatender. Quien soy yo que se olvida de todo lo soy, de todas mis gentes, tradiciones, músicas y bailes, cuentos, sueños, aromas, colores... Que al conocer otras gentes que lo reciben y se comparten con él, tras mucho disfrutar y pensar, llega a la conclusión de que lo único que tiene que ir a buscar es la lanza y la espada, y deja todo lo importante, todo su ser, detrás de su frontera.

Y así uno no llega ni a ser militar, ni estratega, ni dueño de nada. Un bailarín sin pasos en el limbo vacío de dos países llenos.

miércoles, 24 de abril de 2013

El Sereno.

Se apaga la noche.

Ha llegado ese hombre curioso y callado, con paso rápido y lo ha apagado todo. Hasta la noche. Y yo me quedo patidifuso, sorprendido, turulato, atónito y extrañado. Porque este hombre no es el clásico sereno. Es un chico normal, delgado, alto pero pequeño. Quién sabe que edad. El llega, paso rápido, mirada ocupada, sensación de cerebelo a toda máquina automatizando su vida-trabajo. Y apaga la noche.

¿Como lo hace? No tengo ni la más remota idea. ¿Y como lo sé? Porque lo he visto. La sensación de ver algo desde luego es mucho más clara cuando justo a continuación te apagan lo que ya de por sí es poco visible.

Soy un ser flotando en una penumbra viscosa delante de un montón de píxeles y escuchando el sonido de las teclas. Si esta frase la leyera la última persona que vio como apagaban la noche -esto debe ocurrir cada 200 años- ya podría patalear contento de la incongruncia.

Y ahora solo espero y tengo pensamientos al azar. Primero del realismo absurdo -la vida diaria y lo grande que la hago cada día- después del olvido absurdo -lo grande que hago las cosas para después hacer aun más grande el hecho de olvidarlas-, seguido del aferramiento absurdo -lo grande que se hace el propósito mental de anotar y guardar y mantener todo lo que va ocurriendo- y finalmente el absurdo absurdo -lo grande que se ve el tiempo tras la rendición a que lo pasado no vuelve, y anotado o no, o recordado un millón de veces, se desvanecerá de un momento a otro, cuando apaguen la noche-

Entonces me iré con paso rápido, el cerebelo encendido y quien sabe que edad.

domingo, 24 de febrero de 2013

La fusión del ciclo.

La cantidad de paralelismos me acaba de dejar perplejo. Me siento concretamente y escribo.

Febrero sigue siendo el mes de las mejores nubes, y eso incluso cuando uno vive muy lejos de donde solía, y a pesar del cielo de Aüslander que me rodea, que tiende día tras día a la uniformidad grisácea a poco que uno se aleje del horizonte. Contribuyen mucho las gaviotas. La ornitografía es la ciencia que estudia lo apropiadas que son las aves en cielos de fotografías y dibujos u otros pictorismos.

Pasaron los días de los mares congelados -Enero-, y el último asombro fueron los bosques congelados. Los sentidos ya se resarcieron suficiente aun cuando uno sigue (quizá por el punto de fusión 1º más bajo que la media humana) medio congelado. No soy de paises fríos, desde luego que no, pero la nieve también es un buen elemento embellecedor, por no hablar de las ventajas que me otorga. Se de antemano que la echaré de menos.

Son fechas de muchas cosas. Evidentemente y en primer lugar, fechas de pensar en el paso del tiempo. Para mi un cumpleaños no es mucho más que eso. Pensar en el paso del tiempo. Lo balances los dejo para cuando me da por escribir en cualquier epoca el año y sobre cualquier formato (un año en una libreta, otro en un documento de word y otro en un blog). Ya buscaré la letra más balanceada cuando me plazca. Pienso ahora en el día 24, en los 24 años (no, hoy no es mi cumpleaños) y en hace 'casi exactamente'  un año.
 


En algún lugar escribí algo, y leyéndolo hoy, parece que la tendencia a lo cíclico me persigue. Vuelvo a estar enfermo (por ahora poco, pero me afecta a la palabra), vuelvo a hacer postres varios en estos días, vuelve a ser época de limpiezas profundas (cosas que se hacen una vez cada mucho, como recolectar bolas de pelo de tuberías -antropocosas-). Estando en lugar diferentes. Vuelvo a jugar de casualidad al Mario Bros y otros vicios del pasado (a sabiendas que no prevalecerán mucho más).

Sobre lo cíclico uno puede pensar muchas cosas. A mi me parece curioso, gracioso y psicológicamente interesante. La recurrencia humana. También me da miedo. Se que no es así, por mucho que la ilusión de la diferencia siempre sea más grande que la diferencia real (aunque uno cambie temporalmente de país), pero a uno le asusta pasarse todos los Febreros haciendo lo mismo, porque quizá la base se ha solidificado de todo. El punto de fusión.

El punto de fusión está cambiando. Creo que se está elevando. Creo que es la gran diferencia de estas mismas fechas del año pasado respecto a todos los demás. A que cogí el telefono, a que no solo era el cumpleaños de..., el día de ir al Obraoiro y... o Esperar a... Contesté.

A la cuarta, o tras 23 años. Rompí el miedo y perdí el ciclo.

Ahora evalúo el punto de fusión en climas fríos, donde se que no pertenezco, pero donde estoy tan bien como puedo. No se si es un experimento, o una experiencia. Es un es. Y con esas cosas hay que tratar de la forma más óptima. A profundizar en la valoración de la calidez. A subir el punto de fusión, y no, no, nada de evaporarse espontáneamente. Ni hablar de exceso de grupos -OH.

viernes, 4 de enero de 2013

Melocotón en amebas.



Contexto. Una pequeña charca llena de amebas. En el mioceno, el pleistoceno o el holoceno. Las amebas en cuestión se han mantenido como especie a pesar de la evolución. Vemos el cuadro. Dos millones de protozoos agolpados, confundiéndose unos con otros por su ausencia de barrera celular, por su exceso de fagocitosis. A nuestro ojo (usemos microscopio mental) nos parecerá todo lo mismo. Es todo lo mismo. Mi núcleo está más a la derecha, el tuyo a la izquierda.

Hagámoslo más interesante. Dotemos a estas células de valores, de individualismo, de búsqueda de la libertad, de egalitarismo, necesidad de poder, hedonismo o de fanatismo religioso si os hace gracia; lo que queráis. Magia. Miramos otra vez la charca. Cientos de amebas cargadas de valores diferentes. Cientos de seres unicelulares que siguen siendo exactamente iguales a ojos del mundo.

Dotemos de inteligencia protista a estos seres charcales. Hagamos que estas amebas piensen, que se debatan interiormente entre la filosofía de Nietzsche y la de Tomás de Aquino.  Que sean capaces de contarse entre ellas, de hacerlo con reglas matemáticas. Que tengan un lenguaje interno. Miremos de nuevo, ¿lo mismo, no? Ahora el borde de la charca conforma el marco paradigmático dominante según Kant, pero todos sabemos que las amebas siguen siendo amebas que se ven como amebas.

¿Qué más? ¿Qué más? Podemos darle una agresividad desmedida, y ver como los protozoos se fagocitan brutalmente unas a otras, pero no serán más que unas bolitas acuosas que tiemblan un poco más. Podemos ponerles un micro-lazo rosa, y tendremos un micro-diferencia absurda que nos permita darle nombre a cada una de las amebas. ¿Y el nombre para qué? Seguirán siendo las mismas amebas.

Luego podemos mirar alrededor y ver cabras, vacas, hormigas, a tu madre o a quien te plazca. Esas son amebas más diferentes. Porque en algún momento la ameba los parió a todos, la ameba que dejó de ser ameba, que se confundió, se le cambó la peluca o un gen, o simplemente se planteó (con todo lo que le dimos) especializarse, o utilizarlo para algo.

Y ahora podemos hacer una división: El el mundo hay amebas, y cosas variopintas. (Ay el cosismo)

Nunca vi una ameba borracha quejándose de política. Creo.